El tesoro bajo la montaña. Parte 4ª y Final: Nuestra Vejez.

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Las órdenes de su padre estaban claras: Lograr que Ákram les contara cómo acceder a la cueva, fuese como fuese. Y como quiera que la fuerza bruta no parecía surtir efecto, utilizarían métodos más indirectos, pero igualmente expeditivos. En esos momentos, Moadhal se encontraba a las puertas de la casa en la que vivía la familia del que antaño fuese su amigo. En su mano, una antorcha iluminaba su rostro, el cual lucía una expresión cruel. No obstante, no la sostenía para alumbrarse, pese a que la escena estaba sucediendo al amparo de la oscuridad de la noche, sino que serviría para hacer arder hasta los cimientos la vivienda, en caso de que sus habitantes se resistieran.

—¡Salid ya de una! —repitió— ¡U os quemo vivos!

Sus exigencias eran simples, que la familia saliera del edificio y fuese con ellos hasta el templo, para así provocar que Ákram bajase de la montaña y les dijese cómo encontrar y entrar a la condenada cueva. Era un plan sencillo, el cual Moadhal creía además infalible. Por muy bien que luchase Ákram, nada podría hacer excepto hablar si un cuchillo estaba amenazando con cortar la piel de cada uno de los suyos.

No obstante, aquella familia parecía empeñada en complicarle las cosas, pues no daban señal de vida. Y eso era un incordio, puesto que él hubiera preferido que le siguieran por las buenas. Llevaba con él suficientes fieles al culto como para poder llevárselos por la fuerza, eso no era un problema… pero todo hubiera sido más fácil si simplemente hubieran obedecido. Aunque, bien mirado, aquella sería también una buena oportunidad para demostrar a todo el pueblo que nadie podía oponerse a la voluntad del templo.

Con esta idea en mente, dio la orden a los suyos para que echasen abajo la puerta y entrasen. Mientras lo hacían, desenvainó su espada, la cual reflejaba la luz del fuego de una forma indefiniblemente siniestra. Quizás el resto de gente no lo percibiera, pero Moadhal empezaba a conocer aquella arma, que a veces parecía tener voluntad propia.

Miró al último de los feligreses entrando a la casa y se preguntó qué pasaría si le clavase el arma a uno de ellos en la espalda. Luego, sintió un escalofrío. El grupo a sus órdenes no le agradaba, los consideraba tan impuros que estaba convencido de que, cuando llegue su hora, se llevarían una sorpresa al descender a los infiernos en vez de ascender a los salones divinos. Sin embargo, eran necesarios, pues el templo necesitaba de seguidores dispuestos a ejecutar sus órdenes. Y no sería justo matarlos sin motivo. No, él no quería hacer tal cosa, aunque la espada pareciera tener su propia opinión al respecto.

Entró dentro, sabedor de que por mucha resistencia que hubiera querido presentar la familia, poco hubieran podido hacer contra una docena de feligreses con ganas de gresca. Por eso, su sorpresa fue mayúscula cuando entró y los vio a todos quietos, con semblantes ya no tan feroces como hacía un momento, sino atemorizados. Normal, teniendo en cuenta que Ákram se encontraba allí y que cada vez que se enfrentaban a él terminaban adoloridos y humillados. Además, no podemos obviar el efecto que tuvo en sus mentes el verlo aparecer allí de la nada, como invocado por alguna poderosa magia que no comprendían.

Esto último Moadhal no lo sabía al entrar, así que sencillamente enfureció, harto de aquella situación. Nosotros, en cambio, tenemos la suerte de poder saber qué acababa de pasar. Y es que cuando los hombres de Moadhal entraron, se encontraron con una familia que, pese a estar aterrada, recordó las palabras de su estimado Ákram y, aunque no sabían qué es lo que iba a suceder, nunca dejaron de confiar en sus palabras. Por ello, le hicieron caso: no tocaron el barril de agua del que días antes aquel había recogido un poco con aquella copa cobriza. Y una vez hubo regresado a su nuevo hogar, Ákram derramó la misma en uno de los misteriosos tesoros de la cueva, una sencilla bandeja, de la cual su funcionamiento le había sido revelado en una de sus visiones.

Mediante la bandeja, pudo escuchar lo que sucedía en la casa y, cuando fue necesario, se lanzó de cabeza contra la superficie de agua, pese a que la profundidad de la misma no debía ser mayor de un centímetro, emergiendo entonces como una exhalación del barril en casa de sus padres, dejando a todos anonadados. Tal y como quería que sucediese, aquella demostración del poder que recientemente había ganado, sirvió para espantar a la mayoría de sus enemigos. Mejor, así evitaría tener que enfrentarse a ellos. Lamentablemente, Moadhal había entrado después y no lo había presenciado. Aunque siendo sinceros, Ákram dudaba mucho que eso lo hubiera detenido.

No, Moadhal siempre había sido diferente al resto y, para bien o para mal, no iba a salir despavorido como los demás. “Tú!” gritó, enarbolando su espada hacia Ákram y arremetiendo contra este. Y aunque para el segundo esquivar los ataques del primero era sumamente fácil, cada arco que trazaba Moadhal con el arma suponía un peligro para su familia y para el resto de personas presentes. Cada tajo que rozaba algún objeto del mobiliario lo cortaba con una facilidad pasmosa, como si nada le opusiera resistencia alguna, casi como si lo que cortara no fuera más que el mismo aire.

Por suerte había pasado ya un tiempo desde que encontraron aquella cueva. En ella, Ákram había vivido una experiencia que se había repetido cada día y que le había ido preparando para aquello. Algo en la gruta lo llamaba, bien fuera la pila de huesos bien cualquier otro objeto que pudiera estar relacionado con la criatura a la que habían pertenecido. Al acercarse, la mente del muchacho era transportada a algún lugar remoto. O quizás sería más correcto decir a un tiempo remoto. El caso es que cada día, durante lo que para él eran horas, pero para su cuerpo eran apenas unos segundos, dejaba atrás la realidad y entraba en contacto con la entidad que era ahora su maestra.

Había aprendido mucho desde entonces. No solo había pasado de ser un agricultor como cualquier otro a alguien conocido por sus incomprensibles habilidades en el combate, sino que también había aprendido el motivo por el que nunca debía usarlas para causar ningún daño. No solo había sabido de la naturaleza de la criatura cuyos huesos ahora yacían quietos en la cueva, sino que también había aprendido qué relación tenía con el monstruo durmiente y cómo los destinos de ambos estaban unidos desde y para siempre. No, no solamente había aprendido esas cosas, sino que también había entendido qué eran las monedas y qué hacían de allí, así como el resto del tesoro que descansaba en la cueva. Como aquella espada que en aquel momento blandía su amigo Moadhal. Sí, su amigo, pues aún lo consideraba como tal, ya que además de todo lo anterior, también era conocedor de cómo el monstruo era capaz de abrirse paso en las mentes inocentes, tal y como había hecho con la del pobre Mo.

“Paciencia”, resonó la voz de su mentora, directamente en su cabeza. “No dejes tu mente divagar, sabes que no puedes permitírtelo”.

Era cierto, por supuesto, puesto que ahora que Moadhal había entrado en sintonía con aquella cosa, la espada había dejado de ser un arma común y corriente y se había vuelto mucho más peligrosa. En sus manos, potenciada por la oscuridad creciente en su corazón, la espada no sería tan fácilmente detenida como las demás. Ningún objeto material se le opondría, siendo todos ellos reducidos indefectiblemente a astillas, pedazos o lo que correspondiese. Si intentaba detenerla con sus manos con su poder actual… quizás lo lograse, pero era mucho más probable que terminase cortado en dos. “Sé inteligente”, le reprendió crípticamente la voz en su cabeza.

Era algo más fácil de decir que de hacer, por supuesto, pero Ákram captó el mensaje. Saltando a un lado y al otro, esquivando ataques, se dirigió poco a poco hacia la puerta de la casa. Al fin y al cabo, sabía muy bien que a Moadhal solamente le interesaba él o, en concreto, lo que sabía sobre la cueva. Finalmente logró salir de la vivienda y observó que el barullo que habían montado había atraído a buena parte del pueblo, el cual se había acercado a ver qué sucedía. En mitad de la calle, Moadhal seguía atacando a Ákram, quien sabía que aquel era un momento decisivo. Necesitaba dejar claro que no toleraría más ataques o amenazas hacia su familia ni hacia ninguna otra persona.

—Están bajo mi protección —declamó, mientras Moadhal recuperaba el aliento. Ákram, en cambio, no se había cansado en absoluto, a pesar de no haber permanecido quieto en ningún momento. Su problema no era ese, desde luego, sino que tenía que encontrar el modo de dejar claro que no permitiría ningún ataque más, sin utilizar para ello la violencia. “Cada vez que usamos la fuerza, él se hace más fuerte”, resonó de nuevo la voz. Sabía que era cierto, no porque se lo hubiera dicho su maestra si no porque, de una manera imposible de expresar, lo había experimentado.

El día en el cual aquello calló del cielo, la destrucción que causó al impactar no fue más que el principio. Y sin embargo, era algo que debía pasar, tarde o temprano. El árbol —o lo que a él se le había revelado como un árbol, en todo caso— no era sino la otra mitad de la misma sustancia, el mismo ser. Dos mitades, cada una el reflejo de la otra y que, pese a haber permanecido separadas desde un tiempo anterior al del mundo que Ákram conocía, se habían visto atraídas la una a la otra, destinadas a reunirse de nuevo.

Una forma sencilla de explicarlo sería decir que mientras que una era el origen de todo lo bueno en el mundo, la otra lo sería de todo lo malo que hay en este, pero sería simplificarlo en exceso, una imprecisión. Aun así, sí que podríamos afirmar que ambas entidades eran creadoras, cada una a su manera, de la humanidad. Y a la vez, las dos se alimentaban de los humanos, pero cada una de un aspecto de los mismos. Así, mientras que una necesitaba, anhelaba y crecía con cada acto de bondad, la otra lo hacía con cada pensamiento y acto horrible. El hecho de que una de ellas estuviera en los huesos, mientras que la otra estuviera meramente durmiendo, quizás os desconcierte. No obstante, seguro que podréis intuir que no es un buen presagio. No es como si ninguna de ellas pudiera ser destruida por completo, pero sí debilitada. Y puesto que el estado del mundo había ido empeorando poco a poco, Ákram entendía a la perfección la importancia del papel que debía desarrollar. Y precisamente por eso debía evitar a toda costa causar ningún daño, ni siquiera a su enemigo. Ni siquiera a Moadhal, aunque este quisiera darle muerte. Y quizás, especialmente a Moadhal, pues Ákram tenía claro que eso supondría destruir algo absolutamente esencial, no solo para el mundo, sino también para él.

—Están bajo mi protección —había dicho.

Y durante un momento pareció que aquellas palabras iban a bastar por sí mismas, que los enemigos iban a retirarse y que Moadhal desistiría de sus pretensiones. Pero, por supuesto, no fue tan sencillo.

—Y una mierda —respondió Moadhal—. ¡Id por ellos! —ordenó a sus hombres, señalando a Ákram y a su familia.

Ákram sabía que aquel era el momento de la verdad. Debía demostrar que podía, no solo protegerse a sí mismo, sino también a los demás. Y, además, que podía hacerlo sin causar daño a sus enemigos. Hasta ese momento, lo habían visto moverse con una agilidad y velocidad tales que costaba creer que era el mismo muchacho que hacía unos meses no había hecho nada más interesante en su vida que plantar tomates y cuidar campos de naranjos. Sin embargo, ahora Ákram tenía que estar en todas partes al mismo tiempo, interponiéndose entre cada golpe perpetrado contra algún miembro de su familia y el enemigo que lo hubiese realizado. Quienes estuvieron allí, tiempo después hablaron sobre como el muchacho se convirtió en poco más que un borrón, una mancha de colores que iba y venía y, cada vez, lanzaba sus manos y piernas no contra aquellos que querían hacer daño a los suyos, sino contra las armas de estos, que quedaban reducidas a pedazos.

Ákram había acudido a aquel lugar con la decisión de no dañar a nadie. La suya no iba a ser una historia de violencia. Nadie compondría, ni ese día ni más adelante, canciones sobre las épicas batallas que librara. Incluso en ese momento, sabía que mucha de la gente que les observaba esperaba que desatase su poder sobre quienes habían querido dañar a los suyos. Sin embargo, creía firmemente que podría hacerles entender que, en su presencia, nadie jamás saldría herido.

Finalmente, solamente Moadhal seguía con ganas de luchar. Ákram no se había acercado a él, limitándose a esquivarlo, pues la espada que aquel portaba había sido despertada por el odio y el rencor de su amigo y no tenía claro qué sucedería si intentaba detenerla y destruirla como si fuera un arma común y corriente. En cambio, intentó emplear la palabra y hacerle ver que ya no tenía nada que hacer, que aquella lucha se había terminado.

—¡Moadhal, detén está locura! —le pidió—. No dejes que el odio y las palabras de aquel a quien siempre detestaste te cieguen. ¿No ves que nada bueno puede salir de esta lucha? Sé que tu deseo es, igual que el mío, que todo vuelva ser como antes. Fuimos amigos, puede que mucho más, y lo podemos volver a ser. ¡No es todavía tarde para ello, ninguna gota de sangre se ha vertido aún!

—¡Mientes! —respondió Mo, con tal rapidez que quienes allí se habían congregado no tuvieron tiempo de asimilar las palabras de Ákram y entender todo lo que estas significaban— ¿Cómo te puedes llamar a ti mismo amigo mío cuando no haces sino acaparar los secretos de la cueva? ¿Cómo mejoraría la vida de estas personas si les dejases acceder al tesoro que alberga? Sí, estoy lleno de odio, pero no me ciega, sino que me deja ver por primera vez la clase de persona que eres. Egoísta, mentiroso y hereje. Dices que aún podemos volver a ser amigos… me tientas para poder volver a manipularme a tu antojo. Podemos arreglarlo porque el suelo no se ha teñido de rojo, ¿no es así? Entonces ya sé qué debo hacer para eliminar por siempre esa tentación y acabar con esto de una vez.

Acto seguido, sin dar oportunidad a Ákram de responderle, se lanzó contra él enarbolando su arma maldita, la cual gritaba en su mente exigiendo ser alimentada.

“Idiota”, pensó Ákram al tiempo que se ponía en movimiento hacia quién se había empeñado en ser su enemigo. No habría sabido decir si lo decía por Mo o por sí mismo. Las palabras no le habían sonado convincentes ni a él mismo, a pesar de ser sinceras. Moadhal estaba demasiado perdido, demasiado atrapado entre las mentiras de su falso padre y el maltrato al que este le había sometido durante años, hasta haberle dejado trastornado.

Y nada de lo que él le pudiera decir iba a cambiar eso, así que no vio otra que lanzarse contra él como una exhalación y conectar la palma de su mano, empleando una fuerza en extremo precisa, contra la coraza de que vestía Moadhal. Este cayó al suelo y la armadura saltó por los aires, hecha añicos. Todos contuvieron la respiración, suponiendo que lo había matado, aunque lo único que le había pasado es que se había quedado sin aliento. No obstante, como no tenía ni un rasguño y puesto que en la mente de Moadhal ya no tenía cabida otra opción que no fuera la violencia, buscó su espada para reemprender el ataque.

Mientras tanto, Ákram caminó hacia la casa de su familia, como si ignorase a su oponente. Con calma, mientras Mo recuperaba su aliento y se ponía en pie, se acercó a unas cajas de naranjas, amontonadas justo en la entrada y tomó un par. Empezó a pelar una de ellas, cuando Mo, asumiendo que su enemigo se burlaba de él, tal y como pensaban la mayoría de quienes les observaban, se lanzó de nuevo al ataque, gritando de rabia, como si hubiera perdido ya toda cordura. No llegó, no obstante, a dar más que un par de pasos, pues antes de que avanzase más se estrelló contra su cara la naranja que Ákram había pelado.

De nuevo gritó, pero ya no solo de ira, sino también de dolor. El ácido se filtraba por sus ojos, cegándole e imposibilitando que prosiguiera luchando, al menos de momento. Había sido detenido de la manera más patética posible. Humillado, derrotado, sojuzgado. «Pero no doblegado» pensó. Y aún cegado, con la mera intuición de dónde estaba su enemigo, volvió a arremeter contra este, agitando la espada sin apenas ver por donde iba. La segunda naranja que Ákram había tomado siguió el camino de la primera e impactó contra la cara de Moadhal, esta vez sin pelar. Dejó caer de nuevo su espada y gritó una vez más, esta vez de impotencia, pues supo que no tenía nada que hacer. Y aquella fue conocida durante largo tiempo como “La batalla de las naranjas”.


Todo cambió tras aquel día. Los años pasaron y el pueblo y sus gentes se vieron transformados irremediablemente. Aunque siempre habían estado todos unidos hasta aquel día, a partir de entonces se formaron dos grupos que quedaron enfrentados de forma permanente. De una parte, aquellos que consideraron que Ákram decía la verdad y que no les deseaba ningún mal. Este grupo era el menos numeroso y decreció con el paso del tiempo. No tenían un nombre oficial, pero todos ellos seguían el consejo de la familia de Ákram, así como de él mismo en persona, pues si necesitaban su ayuda siempre podían contar con él, aunque pasase el resto del tiempo aislado en la montaña.

Nadie en el pueblo sabía dónde se encontraba la famosa cueva y cuando le preguntaron a Ákram, este les explicó porqué debía seguir siendo así. Les contó que aquel lugar no era una caverna común y corriente, sino que, hacía más tiempo del que pudieran comprender, había sido creada mediante un enorme sacrificio a fin de protegerles.

Durante aquellos años, Ákram les contaba esta y otras historias, mientras el resto de la población acudía al templo, donde Alauster les decía lo que creía que era la cueva o, quizás, lo que les quería hacer creer que era. Según él, se trataba del hogar de un demonio, un enemigo de los dioses, avaricioso y cruel, que disfrutaba atrayendo a su causa a los humanos mediante promesas y mentiras. Según decía, Ákram había caído en la trampa y ahora ya no era humano, sino un cuerpo vacío de alma que el demonio usaba para deambular libre por el mundo. El clérigo afirmaba que dicha entidad no quería que encontrasen la cueva, pues sabía que la fe que ellos tenían era suficiente para destruirlo. Y una vez logrado, el pueblo y todos sus habitantes alcanzarían el paraíso en vida, pues no solo tendrían a su disposición toda la riqueza material que necesitasen, sino también la paz espiritual que solo les podría otorgar la eliminación del demonio que tan cerca de ellos habitaba.

La historia que contaba Ákram al respecto era, claro está, muy distinta. Según él y según las visiones que decía recibir del espíritu en la cueva, en ella habitaban dos criaturas —o bien dos fragmentos de dos criaturas, según cómo lo narrase ese día—, cada una decidida a modelar el mundo según su idea de cómo debían ser las cosas. Aquella a la que Ákram obedecía deseaba lograr que el mundo fuera un lugar de paz, donde todas las criaturas vivieran en armonía. Por utópico que pareciese, su deseo era erradicar el odio, pues le había mostrado a Ákram que así era todo antes de la llegada del otro.

Aquel había envilecido los corazones de los habitantes del mundo y, en especial, el de los humanos. Sin embargo, una vez hubo llegado, ya no podría ser expulsado jamás, pues tal es la naturaleza eterna de estas criaturas. Por ello, la primera de ellas, la que le hablaba a Ákram y a la que este llamaba a veces “Madre”, decidió utilizar todo su poder para encerrar a su enemigo. Lucharon, no de una forma que pueda ser descrita o entendida por una mente humana, pero lucharon aun así. Tras una batalla más larga de lo que nadie pueda imaginar, ambas terminaron debilitadas en extremo y “Madre” utilizó lo que restaba de su poder para que ambas quedasen encerradas para siempre.

—Ya ha llegado la hora de que dejéis de actuar según lo que yo os enseñé o según lo que él os dice que hagáis —se despidió de los humanos—. A partir de ahora, viviréis según vuestra naturaleza, según vuestra propia voluntad y nada más. Solo os pido una cosa…

“He sido herida de gravedad. Y al contrario que mi enemigo, que puede descansar hasta tener fuerzas suficientes como para intentar escapar, yo deberé esforzarme para retenerlo aquí encerrado. Por eso, si deseáis seguir siendo libres, acordaos de mí, prestadme vuestra fuerza.”

No era una orden, sino un ruego. Y quienes la escucharon así lo hicieron. Cada día y cada noche se acordaban de su protectora, de aquella que renunció a todo para poder darles una oportunidad de ser libres y de vivir en paz. Pero no hay que olvidar que ambos espíritus no eran sino fragmentos, pedazos de algo mayor que, a su vez, podían ser rotos. Y en la batalla una esquirla del enemigo quedó atrás. Y anidó en el alma humana, creciendo poco a poco.

El tiempo pasó y aunque padres y madres contaron a sus descendientes lo que había sucedido y lo que les había sido encomendado, las vidas humanas son efímeras y sus promesa falibles. Pronto dejaron de pensar en ella como algo real y pasaron a venerarla como a una diosa más. Le rezaban, sí, pero cada vez eran menos y aquellos rezos no eran la fuerza que el espíritu necesitaba, no le nutrían de igual manera. Hombres y mujeres dejaron de preocuparse por el motivo por el que debían acordarse de su protectora y su culto se fue transformando en otras cosas. Dicen que la diosa de las cosas bellas, Dracáride, así como Asprón, divinidad de los cultivos y de todo lo que crece de la tierra, no son sino religiones que derivan del culto a Madre. Imitaciones envilecidas, desvirtuaciones que cada vez tenían menos que ver con su origen.

Cerca de cierta montaña, las leyendas siguieron hablando del espíritu que guardaba aquellas tierras y que traía la felicidad a sus habitantes. ¡Y así era! Quienes vivían cerca de la misma no debían temer nada, pues nunca se les echó a perder una cosecha, no sufrieron hambruna alguna, ningún invasor se planteó jamás invadirles y hasta el clima fue siempre ideal. Sabían que aquellas tierras estaban protegidas y, puesto que la idea más generalizada en aquel entonces era que había que tener a los dioses satisfechos con ofrendas si uno quería retener su favor, empezaron a hacer lo propio. Localizaron un agujero en lo alto de la montaña que parecía descender sin llegar a verse el fondo. Todo aquel que se acercaba a él aseguraba lo mismo, que sentían como allí debajo habitaba algo peligroso, algo que sería mejor tener contento. Decidieron que aquello solo podía significar que aquel debía ser el hogar de su divinidad protectora —cuyo nombre y función no eran ya ni remotamente parecidos a los de “Madre”— y allí dentro empezaron a arrojar regularmente sus ofrendas. Comida, tesoros, joyas, armas y prendas dignas de reyes. Y como quiera que todos querían tener a la divinidad protectora contenta, incluso quienes no tenían mucho echaban allí al menos una moneda diaria. Al fin y al cabo, ¿Qué era una moneda a cambio de que todo fuera a las mil maravillas?

Y durante un tiempo, aquello bastó. Las ofrendas, aunque materialmente no significasen nada, daban al menos alguna fuerza a “La Madre”, en tanto que simbolizaban el deseo de las gentes por vivir en paz y armonía. No obstante, el espíritu llevaba ya mucho tiempo consumiéndose, reteniendo preso al enemigo a cambio de su propia vitalidad. Poco a poco, los dones que poseían aquellas tierras se fueron apagando, como si fueran velas a las que se les había arrebatado el aire. Confundidos, los fieles buscaron consejo en los templos, quienes interpretaron que aquella calamidad se debía a la impiedad de los creyentes. Buscaron a los que consideraban que se habían alejado más del camino correcto… y los echaron dentro del agujero. Pensaron que aquella ofrenda aplacaría a los dioses, pero causó todo lo contrario. La violencia, el egoísmo y la codicia volvían a reinar. El poder del enemigo creció con rapidez y Madre menguó cada vez más rápido. Por desgracia, su protección terminó por desaparecer de aquellas tierras y la guerra se desató. Muchos murieron y el agujero quedó sepultado.

Una civilización había caído y una nueva surgió al tiempo. Y como quiera que las gentes que con ella llegaron eran de buen corazón, Madre tuvo un pequeño respiro y pudo devolver sus dones a aquellas tierras. Sin embargo, el daño estaba ya hecho y la oscuridad estaba cerca de despertar, aprovechando cada oportunidad para volverse más consciente. Utilizó su magia para, con cada lluvia que caía, dejar caer montaña abajo algunas de aquellas monedas que se habían ido acumulando en la cueva.

Al principio pareció que hubiese fracasado, que aquellas gentes eran de corazón tan noble que unas meras monedas no resultaban tentación suficiente para ellos. Pero los espíritus son eternos y tienen todo el tiempo del mundo para lograr lo que desean. Pasadas varias generaciones, un buhonero pasó por el pueblo y se maravilló con el tesoro que allí poseían sin que a ningún lugareño pareciese importarle. Decidió que se aprovecharía de aquellos ignorantes y que pasaría regularmente para llevarse todas las monedas que encontrase. Y así lo hizo durante años, hasta que sus negocios llegaron a oídos de un hombre inteligente, un clérigo que solicitó a sus superiores poder trabajar en aquel pueblo, sin contarles a estos el verdadero motivo que lo llevaba hasta allí. Parecía honrado como el que más, pero su avaricia y ansia de poder le resultarían útiles al espíritu maligno para salir de la cueva. Alauster solo había llegado allí pensando que podría recolectar para sí el tesoro en nombre de su religión, pero con el tiempo descubriría que aquellas tierras ocultaban mucho más.

Y por eso ahora quería encontrar aquella cueva. No solo por el inagotable tesoro que albergaba, sino porque tan grande era su ego que había llegado a creer que podría someter a la bestia, doblegarla y apropiarse de su poder para usarlo luego a su antojo.

El clérigo era, como veis, un hombre tan dado a utilizar las mentiras como arma que empezaba ya a perder el contacto con la realidad. Vivía pues, en un mundo formado casi por entero de subterfugios, embustes y falsedades. Por ejemplo, tanto había dicho a sus feligreses que las riquezas que albergaba la caverna eran inacabables que él mismo había terminado por imaginarlas infinitas, aunque lo poco que supiera de las mismas indicaba que, si bien su cuantía debía ser inmensa, esta distaba mucho de ser inagotable. Y lo peor es que, aunque así imaginaba aquel tesoro, lo quería igualmente acaparar todo para sí.

No era eso, en todo caso, lo que más ansiaba poseer. La criatura debía ser suya, pensaba. No solo había llevado sus mentiras hasta el punto de creer que merecía su poder, sino que de verdad creía que lograría alcanzarlo. No se daba cuenta, claro está, de que era él quien estaba siendo manipulado.

Pero era precisamente esa hambre de poder la que le convirtió en el portador de la verdad a ojos de la mayoría del pueblo. Al principio, al menos unos pocos vieron en los actos de Ákram una bondad irrefutable que les hacía pensar que debía tener la razón, pero el paso de los años consolidó el dominio del templo y cada vez más de ellos consideraban que “El loco de la montaña”, como empezaban a llamarle, no decía más que mentiras. Algunos pensaban que era un demonio, otros que era simplemente un enajenado asilvestrado. Por último, eran cada vez más los que se daban cuenta de que las cosechas ya no eran todos los años perfectas y que cada vez más se echaban a perder, lo cual achacaban a las conductas herejes de Ákram, pues el clérigo les avisaba de que las cosas irían cada vez peor, precisamente por los actos de “El loco”.

En todo caso, cada año que pasaba las palabras de Ákram convencían a menos, quizás porque se negaba a intervenir en los asuntos de la villa excepto si había alguien en serio peligro, pero como Alauster se dio pronto cuenta de ello, dejó de intentar hacerle daño directo a nadie y así poco a poco Ákram pasó a ser un hombre visto como una figura curiosa, pero cuyas palabras era mejor ignorar, pues te desviarían de la verdad divina promulgada por el clérigo.

¿Acaso ya no deseaba entrar en la cueva el Sr. Alauster? Claro que sí, pero decidió que mejor sería tener paciencia. Aun así, de cuando en cuando Moadhal subía hasta la montaña, buscaba al que había sido antaño su amigo y le inquiría al respecto. Ya no luchaban, pues ambos sabían de antemano el resultado. Además, con el tiempo, las diferencias físicas entre los dos se acentuaron. Pasadas unas décadas, aunque Moadhal seguía siendo un hombre fuerte y enérgico, el inevitable proceso de degradación que todos los humanos sufren a partir de cierto punto había empezado en él. El cuerpo de Ákram, sin embargo, no parecía sufrir el paso del tiempo al mismo a la misma velocidad pues, más allá del emblanquecimiento progresivo de su cabello y de la aparición de algunas arrugas en su rostro, el tiempo no parecía trascurrir para él. Su altura no había decrecido, como suele pasar a partir de cierta edad, y su piel broncínea y sus músculos evidenciaban que seguía trabajando sus tierras allí en la montaña con la misma asiduidad con la que lo hubiera hecho alguien mucho más joven.

Sin embargo, su mirada no cuadraba con el resto del conjunto. Así como su cuerpo no parecía haber pasado de la tercera década de su vida, a pesar de ser bastante más mayor, a sus ojos les pasaba justo al contrario, pues hacían pensar en alguien que ha vivido una larga vida.

Esto último no era del todo cierto, puesto que cada vez pasaba más tiempo invocando las visiones que “La Madre” le enviaba y, como quiera que las horas durante las mismas quedaban completamente dilatadas respecto al fluir del mundo real, podríamos decir, pues, que su mente había vivido ya el equivalente varias vidas humanas.

Podríamos preguntarnos quizás porqué Ákram pasaba cada vez más tiempo en el mundo de Madre, siendo la respuesta que ambos eran conscientes de que las fuerzas de ella se agotaban más y más cada día que pasaba. Por tanto, era muy probable que pronto desapareciese y él quedase a cargo de una misión demasiado grande para cualquier humano. Por ello, necesitaba aprovechar cada momento al máximo, aprender de la infinita sabiduría de la criatura tanto como pudiese. Cuando Madre se desvaneciera, todo lo que no le hubiera transmitido quedaría perdido para siempre sin remedio.

También cabría plantearse si aquella actividad no era sino una extraña manera de malgastar su vida, dejando su mente vagar en aquellas visiones irreales. Sin embargo, no hay que olvidar que todo lo que experimentó en aquel entonces era muy real. Cada criatura que encontró en ellas, cada paisaje que contempló, cada individuo que conoció, todo ello era real. Cada emoción sentida era igual de vívida que si la hubiera experimentado en el mundo de los humanos. Cada experiencia era igual de valiosa que si la viviese en el reino material y cada prueba que enfrentó puso su vida en un peligro igual de real que si lo hubiera hecho fuera de las visiones.

Ahora bien, poco le importaba aquello a Moadhal, que nada de todo esto podía ver, excepto cómo su rival mantenía su vigor mientras él envejecía cada día que pasaba. Ciertamente, parecía haber realizado un pacto con algún demonio.

—¿Morirás? —le preguntó aquel día, sin tapujos de ningún tipo. Ambos se encontraban sentados en la ladera, cerca de la choza de Ákram—. Alauster está convencido de que tu presencia nos impide hallar la cueva y que cuando mueras será cuando por fin podamos entrar en ella.

—Claro —respondió Ákram con idéntica sinceridad—. Eventualmente. Aunque si todo marcha bien, me temo que viviré mucho más que la mayoría. La misión que me encomendaron no se puede realizar en lo que dura una de nuestras vidas.

“Ni siquiera te escondes, escoria endemoniada”, pensó Moadhal, envidiando lo claro que tenía su enemigo que le sobreviviría. “Pues te llevarás una sorpresa”. Y al mover él en cierto ángulo la mano, la mejor tiradora a sus órdenes disparó una saeta desde una colina cercana en la que esta había permanecido escondida hasta ese momento. El proyectil cruzó el aire hasta llegar hasta donde estaba Ákram, quien levantó con rapidez su mano y cazó el objeto por el mástil, sin apenas inmutarse.

—Ya pensaba que hoy no tendríais nada preparado —se quejó Ákram, con sorna—. ¿Sabes? Juraría que esto ya lo habíais intentado antes.

No, no lo habían hecho. O al menos eso creía Moadhal, aunque tanto daba, ya que no importaba qué nueva estratagema se les ocurriese, su enemigo siempre parecía evitar la muerte con suma facilidad.

—Eventualmente —murmuró Mo, repitiendo las palabras de su interlocutor—. Pues bien podrías morir pronto, antes de que toda nuestra empresa se convierta en un completo fracaso. ¿No te das cuenta de cuánto bien podrías hacer a tus antiguos convecinos si cedieses en tu egoísta empeño y nos dejases entrar a la cueva?

—El tema es, querido Mo —Y no lo dijo con ironía—, que no depende de mí que podáis entrar o no. En la cueva hay dos criaturas y uno solo puede entrar a la misma sí ambas te conceden permiso. El día en el que llegamos, cada uno de esos espíritus tenía interés en que uno de nosotros entrase. Y como quiera que íbamos juntos y no hubiéramos entrado por separado, nos lo permitieron. Ahora, en cambio, estoy tan unido a mi benefactora que su enemigo ya no puede negarme la entrada… mientras que este, que era quien quería que entrases, ya te dio uso suficiente aquel día.

—¿Uso suficiente? ¿Insinúas que no soy para ti más que una baratija, una herramienta que puedas desechar cuando ya no te soy útil?

Ákram suspiró. Obviamente no era así como él veía a Mo, ni mucho menos. Hablaba de cómo lo había usado la criatura, al igual que lo usaba Alauster. Pero claro, si antaño ya había sido complicado expresar aquella clase de cosas ante el joven Moadhal, hacerlo en aquel entonces ante un Moadhal ya entrado en años parecía aún más complicado. Iba a explicárselo, pero Ákram estaba convencido de que Mo sabía muy bien lo que había querido decir, siendo lo que ocurría que seguía sin aceptar que estaba siendo manipulado por su “padre”, hacia quien nunca había tolerado crítica alguna. En cambio, optó por expresar otro tipo de dudas:

—¿Sabes qué? Pareces preocuparte mucho por el día en que llegue mi muerte, teniendo en cuenta que no creo que nunca hayas intentado matarme de verdad.

—¿Qué? —preguntó, sin más, Moadhal. Empleó un tono a la par ofendido y confundido, pues por una parte tenía la sensación de que se estaba riendo de sus infructuosos intentos por asesinarlo y, por otra, aquella afirmación le había pillado por completo desprevenido— ¿Qué quieres decir?

—¿De verdad…? ¿No te has dado cuenta? Quiero decir, llevas años con estos “intentos”. Y sinceramente, si quemarme vivo o hacerme saltar por los aires con toda aquella pólvora no funcionó, ¿creías que un disparo de ballesta iba a matarme? Mi teoría al respecto es que le sigues ordenando a tu gente que me ataquen, sabiendo demasiado bien que no lograrán causarme ningún daño y que, a su vez, yo jamás tomaré represalias. Así, le sigues la corriente a ese líder de secta al que llamas padre —Ante estas palabras, el rostro de Mo se contrajo, evidenciando su enfado, aunque no lo interrumpió— y, a la vez, puedes venir a hablar conmigo un rato.

—Poca memoria tienes entonces —le recriminó Moadhal—, si no recuerdas cuando intenté ensartarte con mi espada.

Ákram no le respondió, pues no quiso insistir. Aunque no lo sabía el día en que lucharon y por ello temió realmente por su vida y la de aquellos a los que amaba, tiempo después había aprendido los secretos de la espada y el curioso funcionamiento de su magia. Se trataba, ciertamente, de un arma en extremo terrible.


Sin importar si quería matarlo o no, la extraña relación entre Ákram y Moadhal siguió girando algunos años más alrededor del objetivo que obcecaba al segundo: Volver a encontrar la dichosa cueva, ganándose así de una vez el cariño de su padre, puesto que el respeto que de este parecía haberse granjeado hacía ya años, se había ido diluyendo al tiempo que quedaba patente que ninguna de sus tretas iba a resultar a la hora de derrotar a “El loco de la montaña”.

Para Alauster, Moadhal no era más que un fracaso y así se lo hacía saber. Y cada día lo trataba con más crueldad, pues a pesar de que su control sobre los feligreses era más férreo, ya contaba con más de noventa años e incluso un hombre de fe como lo era él moriría pronto. El clérigo pensaba que su única esperanza era encontrar la condenada caverna y domar al demonio que en ella habitaba.

La mente de Alauster, aunque anciana, aún era afilada y astuta. Mucho pensó en cómo lograr ver cumplidos sus deseos. La fuerza bruta no había servido y la extorsión quedó ya hace mucho descartada, pues los padres de su enemigo habían muerto naturalmente ya hacía años, mientras que sus hermanos habían migrado, huyendo precisamente del clérigo. ¿O quizás…? Sí, esa era la clave. Para lograr la recompensa definitiva, pensó, debería hacer el sacrificio definitivo, renunciar a su bien más preciado.

Todo fue preparado según los deseos de Alauster. La población entera fue reunida en el templo, haciéndoles saber que aquel día sería muy especial y que por ello realizarían una liturgia que les ocuparía el día entero. Y, piadosos como eran, allí se personaron cuando el primer rayo de sol asomó por el horizonte. Todos ellos, excepto Moadhal, quien se dirigió sin demora hacia la montaña, buscando con desespero a Ákram.

¡Ayuda! —gritó, cuando por fin lo encontró— ¡Padre se ha vuelto loco, piensa dar muerte a todo el pueblo!

Y así era, pues había entendido que para obligar a Ákram a que le diera lo que quería, debería renunciar a aquello que más apreciaba, que eran las vidas que con tanto esmero había logrado convertir en sus fieles sirvientes. Tan seguro estaba del control que tenía sobre aquellas gentes, que no dudaba de que, cuando llegase el fin del día, al pedirles que cometieran suicidio en nombre de los dioses, no dudarían ni un segundo en hacerlo.

Ákram tampoco tenía dudas al respecto o, en todo caso, no estaba dispuesto a correr el riesgo. Y puesto que tanto él como Alauster eran conscientes de que nadie, ni siquiera Ákram, sería capaz de detener a todas aquellas gentes si intentaban inmolarse, llegó a la conclusión de que el día había llegado. Consultó con “Madre” y ambos estuvieron de acuerdo, era el momento de abrir la cueva.

Por vez primera, desde hacía décadas, Moadhal pudo también encontrarla y entrar a la misma. Fue así como Ákram supo que la otra criatura también había decidido que aquel era el momento en que llevaría a cabo su plan, fuese cual fuese. Lo que allí encontró Mo era muy distinto a lo que recordaba. Apenas quedaba ya ni rastro del tesoro, pues las monedas habían seguido cayendo ladera abajo con cada lluvia. La criatura reptiliana, el objeto de deseo de su padre, aún permanecía con los ojos cerrados, pero se removía inquieta, como si estuviera despertando de su largo letargo.

En cuanto a la pila de huesos, esta parecía haber desaparecido. No obstante, Ákram se arrodilló con reverencia justo delante de donde había estado. Cerró los ojos y, según le pareció a Mo, empezó a meditar. Al acercarse, vio que delante de donde se había sentado Ákram había un diminuto montículo de polvo blanquecino. Le hizo pensar en un montón de sal, pero el tono grisáceo le dejó claro que se trataba de otra cosa. “Huesos molidos”, pensó. Aquello debía ser todo lo que quedaba del osario. Ákram recogió el pequeño montoncillo de polvo entre sus manos y lo esparció con solemnidad mediante un ligero soplido. “Hecho”, sentenció, sin añadir nada más.

Así pues, mediante esta acción Ákram había asimilado a su ser la esencia restante de “Madre”. Por ello, la cueva perdió su significado y volvió a ser una gruta como cualquier otra. La bestia se revolvió furiosa, con los ojos de un rojo intenso abiertos de par en par, observando con avidez el entorno. Miró con fijeza a Ákram y abrió la boca de un modo tal, que uno hubiera podido jurar que sonreía malignamente. Sin embargo, desenroscó por completo su cuerpo, como desperezándose, alzó sus mandíbulas hacia el cielo y lanzó un atronador rugido que pudo ser oído a kilómetros de distancia. Acto seguido, se proyectó mediante un ágil salto hasta una de las paredes —algo por completo inesperado en una criatura de ese tamaño— desde la cual empezó a trepar hasta alcanzar la abertura superior de la gruta, por la cual escapó. En ningún momento pareció reparar en la presencia de Moadhal.

Y sin perder un instante, salieron de allí.

Ákram llegó mucho antes que Moadhal, pues no solo era mucho más rápido y ágil, sino que además no cargaba con nada pesado, mientras que Mo seguía ataviado con su armadura y la espada que años antes recogiera de la cueva. Miró a Ákram y se preguntó cómo pretendía enfrentarse a la bestia con sus manos desnudas. “Ni siquiera él es capaz de algo así”, pensó.


—¡… si crees que puedes detenerme! —oyó Mo a su padre proclamar, cuando llegó. Hablaba a todos los allí reunidos desde el último escalón de la entrada al templo. Parecía envalentonado, pues su plan estaba saliendo a la perfección. Ákram había reaccionado justo como él había supuesto, cediendo a las exigencias de Alauster. El clérigo había predicho que lo haría para que no matase a toda la población, pues no consideraba que Ákram pudiera detener la matanza que casi llega a cometer. No obstante, había algo en todo aquello que no le encajaba a Mo. Era casi como si Ákram hubiera sabido que algo como aquello sucedería tarde o temprano y que, más que verse obligado a liberar al monstruo, se hubiera estado esforzando por retenerlo hasta el momento idóneo.

La bestia, por cierto, daba vueltas volando sobre ellos a no mucha altura. La gente la miraba aterrada, gritando, rezando oraciones e insultando a Ákram, al que consideraban el siervo de aquel diablo. Alauster, por su parte, miró brevemente a su hijo, sonriéndole con satisfacción. Moadhal había cumplido su papel en el plan a la perfección, atrayendo hacia allí al enemigo. Mo miró avergonzado al que antaño fuera su amigo, aunque aquel parecía demasiado concentrado en el clérigo como para prestarle a él atención. O bien no se había percatado de su traición o bien no le importaba… aunque bien pensado ¿por qué pensaba en ello como una traición? ¿No llevaban décadas siendo enemigos? La culpa era de Ákram por ser un idiota confiado y dejarse engañar tan fácilmente.

—¿Detenerte? —respondió con sorna Ákram, ante la provocación del clérigo—. Nada más lejos de mis intenciones, descuida.

Acto seguido, como respondiendo a dichas palabras, la bestia descendió con rapidez desde los cielos, aterrizando ante Alauster. Lo miró fijamente, como desafiándolo, pero el anciano, pese a ser cincuenta veces más pequeño y mil veces más débil, no retrocedió ni un paso. A continuación, el dragón abrió sus fauces y, de un solo bocado, engulló al anciano. Y cuando, tiempo después, se les preguntó al respecto a quienes presenciaron aquella horrible escena, explicaron que pareció habérselo tragado sin morderlo y que el propio clérigo aceptó su destino sin oponerse. Al contemplar aquello, muchas de aquellas personas salieron corriendo despavoridas, pero otras se quedaron paralizadas, sin saber qué hacer, hasta que al fin la bestia volvió a abrir sus fauces.

—¡Hijos míos! —bramó, con una gravísima y gutural voz, que al tiempo era inconfundible que se trataba de la del Sr. Alauster, excepto que salía desde la garganta del monstruo en vez de desde una humana—. Regocijaos, pues vuestro sacrificio no será necesario… de momento. El enemigo ha sido sometido y su poder es ahora nuestro. Solo queda una cosa por hacer… ¡Matadlo! —bramó su orden, estirando su serpentino cuerpo hacia Ákram, al tiempo que vomitaba una llamarada de un imposible color negro contra aquel.

La mayoría de los feligreses que no habían huido, obedecieron sin chistar. Muchos de ellos eran ya de por sí hombres agresivos, que se habían unido a Alauster y Moadhal por la promesa de una vida fácil, colmada de placeres y entregada a la violencia, así que aquel cambio no implicaba para ellos más que ahora deberían obedecer a un señor mucho más poderoso, algo que no podía sino satisfacerles y hacerles sentir mucho más seguros de sí mismos y del futuro que les esperaba con él. Todos estos se lanzaron sin dudar a por Ákram, quien rodaba por el suelo para librarse de las llamas negras que habían prendido en su cuerpo. Era la primera vez que Moadhal veía que un ataque lo hiriese. Se sorprendió a sí mismo preocupándose por ello.

—No —susurró. Quizás era una súplica o un ruego. O tal vez una negación de lo que estaba viendo. Su padre ya tenía lo que tanto había deseado ¿Qué necesidad tenía de matar a Ákram?

Corrió hasta donde estaba su amigo e intentó ayudarlo a defenderse sin pensar en lo que estaba haciendo, sin escuchar las palabras que la bestia —su padre—, le dirigía, advirtiéndole que aquella traición no sería tolerada. La emprendió a golpes con aquellos que habían obedecido a Alauster e intentaban matar a Ákram, derribándolos ante sus incrédulas miradas e interponiéndose entre ellos y su amigo. Muchos de quienes habían permanecido dubitativos hasta ese momento o bien empezaron a huir o bien se unieron a Moadhal en la trifulca, quien por sí solo no podía contener a los agresores.

Ákram se había puesto en pie, aunque con esfuerzo. Contempló lo que pasaba a su alrededor y con una voz ahogada a la que nadie hizo caso, les pidió que se detuvieran. Nada había salido como esperaba. La maldad de Alauster era mucho mayor de lo que podría haber predicho y esta había alimentado al monstruo, haciéndole recuperar demasiado pronto su poder. Ahora su influencia era cada vez mayor y prueba de ello era la violencia que se había desatado a su alrededor.

Además, a medida que la fuerza del dragón aumentaba, la suya disminuía, pues lo que restaba de la esencia de la madre se consumía por momentos. Podría intentar dañarlo, destruir la forma física que había adoptado, pero no sabía si le quedaban fuerzas suficientes para lograrlo y, aunque así fuera, no lo destruiría por completo, sino que sus fragmentos quedarían diseminados por el mundo nuevamente. Su maldad se esparciría una vez más por todas partes, infectando a la humanidad, como ya había pasado varias veces en el pasado, pues tal era la naturaleza eterna de la criatura.

Poco importó lo que él pensase, pues Moadhal no sabía cómo de terrible era su enemigo o, quizás, no quiso detenerse a pensarlo. Desenvainó aquella espada mágica que recogiera años atrás en la cueva y cargó contra el monstruo. Aquella arma, según lo que Ákram había investigado, debería haber logrado matarle ya hacía mucho, pues confería a su portador el poder de destruir por completo todo aquello que tocase, siempre que esa fuese la intención de su dueño. Y por ello había sido que terminó por deducir que Moadhal no tenía en realidad intención alguna de hacerle daño, la cual cosa parecía verse confirmada ahora que este se enfrentaba al que fuera su padre adoptivo, aunque se hubiese convertido en aquella monstruosidad.

Vio como Mo alzó el arma y la descargó contra el monstruo. Aquel ataque debería haber funcionado. Lo habría hecho contra cualquier otro rival, pero aquella no era una criatura como las demás. Movió su cola con rapidez, como si de un látigo se tratase, y azotó a Moadhal, quien cayó al suelo, derribado. Sin embargo, la espada no dejaba de ser un arma poderosa y cercenó la carne del monstruo. La cola quedó seccionada, pero esta no cayó a tierra, sino que se evaporó en el aire, desapareciendo en apariencia. Ákram sabía que aquello no era cierto, que lo que había sucedido era que aquella parte del monstruo había sido liberada al mundo y que ahora sus pedazos encontrarían otro lugar que habitar.

No obstante, eso no fue lo único que observó. Algunos de quienes aún permanecían indecisos, sin saber qué hacer, prorrumpieron en gritos de alegría, animando a Moadhal. Ellos tampoco entendían lo que estaba sucediendo en realidad, pero salieron de su parálisis y se dirigieron hasta donde se encontraban ellos, dispuestos a ayudar a Mo. “Morirán”, pensó Ákram. “Morirán inútilmente”.

“Ningún sacrificio es en vano si la causa es noble”, le recordó una débil voz en su interior, la cual ya no esperaba poder oír nunca más. Sintió como la esencia de “Madre” había ganado algo de fuerza. Se levantó, sintiendo como recuperaba poco a poco energías, como las heridas provocadas por el fuego negro empezaban a curar.

Sin embargo, la bestia seguía siendo mucho más poderosa y ahora además estaba furiosa. Viendo como su enemigo se alzaba de nuevo y queriendo aprovechar que este aún se encontraba débil, se irguió sobre sus cuartos traseros y se dispuso luego a descargar todo su colosal peso sobre Ákram. Y ni siquiera él podría haber sobrevivido a un ataque como aquel, perpetrado por tan terrible criatura. Por suerte, no estaba solo y Moadhal ya había dejado atrás cualquier clase de duda sobre lo que debía hacer. Así pues, no dudó ni un solo instante en interponerse entre su amigo y la gigantesca criatura, saltando para apartarlo, olvidándose durante un momento de su propia integridad física.

Como resultado, Ákram salió proyectado unos metros más allá, lejos del peligro, pero el propio Moadhal quedó preso de una de las patas del monstruo, siendo aplastado por la misma.

—¡NO! —suplicó Ákram, aunque ya era tarde. Se puso en pie y sintió como la ira se apoderaba de él. Volvió a oír las palabras de madre, como un eco, pero las detestó, no podía aceptar el sacrificio de su estimado Moadhal, por noble que hubiera sido. Y si hubiera dejado que aquella emoción, aquel odio, lo embargase, su enemigo habría triunfado al alimentarse de él. Sin embargo, se había estado preparando durante años para aquel momento. Cerró su mente al mundo exterior durante un segundo y dejó que el tiempo pasase con mucha más lentitud para él. Aislado en aquel mundo atemporal, pensó en lo que acababa de suceder y en lo que significaba. Le costó aceptarlo, no pudiendo evitar pensar primero en cómo salvar a su amigo. A su amor.

Sintió una pena terrible, tan grande como ninguna otra que hubiera sentido antes. Pero eventualmente se dio cuenta de que no era el primero en sentirla, ni sería el último. Aceptó lo sucedido, pero no como algo que debe ser ignorado y olvidado, ni como algo que debiera convertirse en una herida que lo transformara poco a poco en alguien peor. No, pues Moadhal se había sacrificado por él, había dado su vida para darle otra oportunidad. Y no tenía aún claro si ningún sacrificio es en vano si la causa es justa, pero sí sabía que el de Moadhal lo acabaría siendo si no aprovechaba dicha oportunidad.

Sintió como el acto de Mo, un acto de bondad sin límites, una acción pura que no esperaba nada a cambio sino proteger a quien amaba, se transformaba en algo más. Las fuerzas retornaban a él, al tiempo que su enemigo se debilitaba y ambas entidades quedaban a la par una vez más.

Todo eso y mucho más había sentido Ákram al terminar aquel eterno segundo, cuando volvió a abrir los ojos. Su cuerpo empezó entonces a llorar, aunque su mente ya había tomado una decisión. Aquel mal debía ser detenido, fuese como fuese.

Al tiempo que el dragón abría la boca de nuevo para quemarlo entero con sus oscuras llamas, Ákram alzó su puño, un acto desesperado que no hubiera realizado de existir cualquier otra opción. Pero de eso se trataba, ¿no? Debía destruir a la criatura o sería ella quien destruiría el mundo si la dejaban campar a sus anchas. Cuando atravesó las llamas, ignoró el dolor lacerante que estas le provocaban y siguió avanzando con decisión. Y cuando su puño impactó contra la criatura, el ataque golpeó con todas las fuerzas que pudo reunir.

Era un golpe destinado a destruir a su objetivo, aunque había prometido que no dañaría nunca a ningún ser vivo. Claro está, que aquella cosa no estaba técnicamente viva, ni sería dañada en el sentido estricto de la palabra. Al golpear al monstruo, este gritó, no de dolor, sino de ira, pues supo al instante que había perdido. La criatura estalló en un millar de fragmentos y, durante un instante, su verdadera naturaleza quedó revelada, similar a una miríada de cristales que flotaron mecidos por el viento, como si de pequeñas hojas iridiscentes se tratase. Ahora bien, nadie pudo verlo, pues el estallido de luz que causó aquel único ataque cegó a todos los presentes. El suelo tembló, el viento los empujó con fuerza. Y así, los restos de aquel ser quedaron una vez más diseminados por el mundo entero, tal vez llevados incluso más allá.

En ese momento, Ákram no habría sabido decir si aquello era una victoria o todo lo contrario, pero poco importaba ya. Eventualmente todos aquellos fragmentos anidarían en almas humanas o incluso en las de otras criaturas, iniciando una nueva época de dolor y sufrimiento que debería ser detenida, de nuevo. Al menos, pensó, la lucha que allí había tenido lugar se convertiría en una nueva historia que la gente contaría, acerca de cómo un hombre malvado fue devorado por su propia vileza y luego esta fue a su vez destruida. No sería una historia que reflejase con exactitud la verdad de lo ocurrido, pero confiaba en que al menos fuese una que diera esperanza a quien la escuchase. Y cuando la oscuridad regresase y tuvieran que combatirla nuevamente, con suerte la humanidad habría aprendido de sus errores.

Tendría mucho tiempo para pensar en ello de ahí en adelante, pero en aquel momento había un asunto más urgente que atender. Ignorando al resto de personas presentes, que se preguntaban qué acababa de pasar, se arrodilló ante su estimado Moadhal, cuyo cuerpo se hallaba por completo aplastado de cintura para abajo. Si se hallaba aún con vida era porque el metal deformado de su armadura había sellado la mortal herida, impidiendo que se desangrase. Ahora bien, apenas estaba ya consciente y ambos sabían que no le quedaba mucho tiempo.

­—Perdo… —intentó decirle Moadhal. ¿Perdón? ¿Perdóname? Ákram veía en su mirada, igual que había entendido a través de sus actos, todo lo que Mo le quería decir. Nunca había puesto en duda que, sin la influencia del clérigo, ambos hubieran sido felices juntos.

—No importa —le respondió, intentando tranquilizarlo, mientras tomaba su mano entre las suyas.

—Ojalá —Parecía tener que realizar un gran esfuerzo para pronunciar cada palabra. Tomó aire antes de continuar y al hacerlo, su garganta siseó como si este se le escapase por alguna parte— tuviéramos más tiempo.

“Más tiempo”, repitió mentalmente Ákram. Sí, así era. Si se les hubiera concedido un poco más de tiempo habría tanto que se podrían haber dicho, tantos asuntos pendientes que quizás hubieran resuelto y tantos sentimientos que habrían expresado. Sentía que, tras toda una vida enemistados, habían perdido un tiempo precioso que ya jamás recuperarían. Si a partir de entonces todo marchaba bien, Ákram aún viviría muchos años, pero el pobre Mo había pasado su vida por completo subyugado y, justo cuando se había logrado liberar de sus ataduras, su hora llegaba. Aunque quizás…

—Mo —le respondió, sonriendo de alegría, a pesar de que seguía llorando de tristeza—. ¿Cómo no iba a tener tiempo para estar contigo?

Dicen que algunos besos parecen ser capaces de detener el tiempo. Por supuesto, esta afirmación es, en general, falsa. No obstante, en este caso concreto sería muy apropiada, pues cuando Ákram besó a Moadhal, el tiempo quedó detenido para ambos.

Mo abrió los ojos y se maravilló.

—¿Dónde estamos? ¿Qué ha pasado? —Fue lo único que logró articular.

Su cuerpo parecía haber quedado restaurado, sin herida alguna, ni cicatriz ni marca que denotase un periodo de sanación que no pudiera recordar. Tampoco sentía ningún dolor, algo que hacía años que no podía afirmar. No había ni rastro de su espada o su armadura y, en cambio, vestía unos cómodos ropajes grises, holgados y suaves. Eran de una tela ligera y estaban abiertos, dejando buena parte de su torso al aire, algo que no importaba demasiado teniendo en cuenta el excelente clima que dominaba aquel idílico paisaje. En él se encontraban tanto Mo como Ákram.

El segundo se encontraba justo delante de Moadhal, luciendo una hermosa sonrisa. Era la viva imagen de la felicidad. ¡Había funcionado! Ákram había logrado hacer por su amado Moadhal lo que “Madre” hizo por él tantas veces antes: había trasladado su mente hacia aquel extraño mundo de los espíritus, donde el tiempo fluía mucho más despacio que en el de los humanos. Madre había utilizado aquella peculiar propiedad para enseñarle tanto como pudo, pero bien mirado él podía darle otros usos. Por ejemplo, podían permanecer allí juntos tanto tiempo como fuera posible. ¿Cuánto podrían prolongarse los segundos de vida que le quedaban a Moadhal? ¿Días? ¿Meses? ¿Años quizás? Tal vez no había ni siquiera un límite, era algo para lo cual Ákram no tenía, de momento, ninguna respuesta. Hasta ese momento no había tenido tiempo de desvelar todos los secretos de aquel lugar.

“No vale la pena pensar en ello ahora. Mucho mejor disfrutar tanto como podamos”, pensó, mientras besaba a su amado Moadhal.


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