Una Nochevieja cualquiera

A continuación, os dejo la que será la última entrada del año con el último relato del mismo. Antes de empezar la lectura (tras la imagen y en cursiva), os dejo enlaces para descargar el mismo en diversos formatos (epub, mobi y pdf), para que lo podáis leer de la forma que os resulte más cómoda.

Por otra parte, podéis esperar una nueva entrada para la semana que viene, la primera del año, en la cual explicaré un poco lo que está ocurriendo en el blog y con este proyecto en general. ¡Bastantes cambios y otros tantos por venir! Espero que tengáis un feliz Año Nuevo y que 2022 os sea lo más propicio posible!

>>Para descargar el relato en formato mobi, epub o pdf, pulsa aquí.<<

Hacía tiempo que no estabais todos juntos. Es agradable volver a estar los siete juntos, alrededor de una misma mesa, compartiendo la comida y sin más preocupación que contar bromas y reírse. Hacía tiempo que el grupo al completo no lograba reunirse y no es solo por la puñetera pandemia. El COVID (en efecto, si ni en sueños te libras de pensar en el bicho de marras, no esperarías poder evitarlo leyendo, ¿no?), el coronavirus, ha complicado toda nuestra vida, incluidas aquellas cosas que antes pensábamos que tendríamos por siempre garantizadas, como el poder quedar con nuestras amistades cuando quisiéramos.

Pero no es solo eso, ¿verdad? Los últimos han sido unos años curiosos para ti y tus amigos. Ahora todos tenéis trabajo y responsabilidades. Algunos se han casado, otros han tenido que irse lejos por uno u otro motivo. Y sin embargo, hoy la suerte os sonríe y no falta nadie. Hasta Pilar ha accedido a venir, aunque todavía no se haya decidido a vacunarse. “Mientras podamos comer al aire libre, no hay problema”. Y aquí estáis, en la terraza de aquel local al que siempre ibais, aunque este se ha trasladado a una calle nueva, algo que no recordabas. No importa, mientras la comida esté igual de rica que siempre y la cerveza siga llegando. De hecho, esto último es un requisito indispensable para Antonio, el novio de Pilar.

La comida y la bebida van llegando, aunque a ti lo que te alegra más el día es la compañía. No recuerdas cuando fue la última Nochevieja en la que os reunisteis todos. ¿Hace tres años? ¿Cuatro quizás? Aunque ahora que lo piensas, no sabes si esto puede considerarse quedar para Nochevieja, ya que aún es de día. No recuerdas haber quedado tan pronto, pero te parece lógico, porque si hubierais quedado más tarde estaríais helándoos ya. “¿Pero iremos luego a celebrar las campanadas a algún lado, no?” preguntas. Hay tanto jaleo que no logras oír tu propia voz, pero tus amigos sí deben haberte oído porque te responden que sí, ignorando al camarero que espera paciente para saber si ha de traer algo más o no. Siempre te ha molestado que vuestro grupo haga eso, pero qué se le va a hacer.

Cuando le hacéis caso, toma nota del pedido y se marcha de nuevo. No te habías fijado, pero lleva un uniforme muy parecido al que usa el personal del supermercado que hay una calle más abajo. Un pensamiento absurdo te nubla la cabeza: la comida no está tan buena como recordabas, sino que de hecho parece de esa precocinada que venden en el súper y que alguna que otra vez has comprado, siempre con deplorables resultados.

Quizás eso explique que más pronto que tarde os levantéis todos, dispuestos a marchar. Los únicos que no lo hacen son Vicente y Jonás, quizás porque, como muchas otras veces, el segundo se ha pasado un poco con la bebida y está ya haciendo de las suyas. Jonás juega con su mechero y una servilleta, algo que no os preocupaba hasta que llega el camarero y observa la situación. Tu amigo se avergüenza de su conducta (no está tan borracho como para no darse cuenta de cómo le mira el mozo) e intenta excusarse. Lo peor está por llegar, porque entonces el camarero pregunta, aunque tú no lo oyes, si queréis la cuenta.

Vaya, no te habías dado cuenta, pero el caso es que no habéis pagado. Claro está, supones que hubierais pedido la cuenta en la barra antes de iros, aunque la verdad es que no recuerdas haberlo comentado y siquiera recuerdas dónde estaba la barra, la entrada o el mismo local (¿has bebido tú también demasiado?). En todo caso, te resulta comprensible que el trabajador del restaurante os eche aquella mirada acusadora. El que peor lo lleva, en todo caso, es Jonás, quien para salir del apuro le pide que saque otra ración de pollo con patatas.

Nadie se queja y os volvéis a sentar, aunque no en las mismas sillas. Ahora tienes al lado a Raquel, a Vicente y a Carlos. Te alegras, porque a Carlos es a quién hace más que no ves, ya que ha estado viviendo en Zaragoza, que es dónde le salió trabajo. En su momento te alegraste (bueno, te alegras), pero eso no quita que le eches de menos. Mucho. Así que tenerlo al lado te anima bastante, olvidando al momento el incidente con el camarero.

Este, por cierto, llega trayendo lo prometido, un plato de pollo con patatas. Solo que no es lo que te habías imaginado. Se trata de una gran fuente con siete raciones de muslo de pollo, cocinado con patatas y otras verduras en una espesa sopa que, si bien tiene buena pinta, no era lo que te habías imaginado. Normalmente este lugar era más de servir hamburguesas, fritos, carnes con deliciosas salsa y comidas similares.

No te quejas, claro, porque buena pinta tiene, pero es desconcertante. Sobre todo porque te recuerda muchísimo al pollo que tú cocinas en casa cuando te lo pide Raquel. ¡Joder, casi parece que te hayan copiado la receta!

De todas maneras, no te dura mucho el mosqueo, porque tampoco es que te quedara ya hambre y al final de lo que se trata es de celebrar la Nochevieja con tus amigos. Intentas comentar la suerte que habéis tenido de encontrar mesa para comer en una fecha como esa, aunque quizás todo se deba al extraño horario que habéis escogido para celebrarla, con el sol aún fuera. Miras a tu alrededor, la gente pasea por la calle como si nada, de hecho, parece un día cualquiera.

Pero no es un día cualquiera ¿verdad? Es un día importante porque estáis todos juntos, a pesar de las dificultades. Hasta Carlos ha podido venir y eso que…

Observas a Carlos, que sigue hablando, aunque no escuchas sus palabras. ¿Cómo es que Carlos está allí con el resto del grupo? Te acuerdas claramente de haberle preguntado si podría venir por Navidades y que él te respondiera que no, que trabajaba y que ya vendría más adelante. Intentas hacer memoria, pero no recuerdas haber vuelto a hablar con él tras ello. Te quedas mirándolo, desconcertado. De repente la escena no tiene sentido, Carlos no debería estar allí por mucho que tú quieras que esté.

No es solo eso, ¿verdad? Te quedas pensando en todo lo extraño que has ido observando, aunque te hayas esforzado en ignorarlo. Todos esos detalles, pequeñas incoherencias… Ahora bien, ¿las has ignorado de verdad? No parece propio de ti, que siempre has estado obsesionado con los detalles, con que esté todo planificado de antemano. Más bien es como si… como si tu mente estuviera confusa, aturullada. ¿Será el alcohol? No, lo dudas, en realidad no recuerdas haber bebido una sola cerveza. Si te acuerdas de ver comida en la mesa, pero no de haberla probado. Sabes que has estado todo el rato fuera, en la terraza, pero también te suena haber estado dentro del local, a pesar de que sigues sin saber dónde está este. Tampoco sabrías decir de qué habéis estado hablando, aunque debéis llevar allí horas.

Miras directamente a Carlos. Quieres preguntarle, saber qué es lo que está sucediendo, pero las palabras se niegan a salir de tu boca. De hecho ¿has logrado decir algo desde que llegasteis? La realidad parece romperse a tu alrededor.


La realidad parece romperse a tu alrededor. El mundo se emborrona, se vuelve una imagen turbia y se oscurece hasta ser irreconocible. Tardas unos segundos en darte cuenta de dónde estás, de quién eres. Estás en tu cama, has estado soñando. Aún debe quedar mucho para Nochevieja y Carlos no vendrá, esa es la triste realidad.

El corazón aún te palpita frenético, pero se va calmando poco a poco. Algo es algo, piensas. El problema es que, según tu mente y tu cuerpo se van despertando, te das cuenta de que hay algo que no marcha bien. De alguna manera, sientes que hay alguien en esa habitación que no debería estar allí, una presencia que se te antoja inhumana y fuera de lugar.

Abres los ojos y contemplas la oscuridad que inunda tu habitación. Lo haces sin mover el resto del cuerpo, pues temes que el invasor se dé cuenta de que despertaste. Por alguna razón, no puedes evitar pensar que si lo descubre, acabará contigo. O quizás no te matara, pero ese pensamiento no te tranquiliza, sino todo lo contrario.

De repente lo ves, confirmando así tus sospechas. Una figura permanece parada, cerca del marco de la puerta. Una sombra, grande, exageradamente grande, de forma humanoide (que no humana), está allí en pie, quieta. Intentas racionalizar lo que estás viendo, deducir qué mueble está jugándote una mala pasada con su silueta.

Los segundos pasan y ni tú ni aquella cosa os movéis, de manera que, poco a poco, te aserenas y llegas a la conclusión de que lo mejor que puedes hacer es encender la luz y salir de dudas. Te sentirás idiota un rato, sí, pero al menos podrás dormir y mañana contarlo. Seguro que quien lo escuche se ríe un montón. “Lo tienes merecido, por tonto”, piensas.

Habiendo ya reunido valor suficiente, mueves la mano para buscar el cable que enciende la lampara en tu mesita de noche. Solo que no es eso lo que sucede ¿verdad? No, tu mano no se ha movido, tu brazo sigue exactamente en la misma posición. Intentas mover el resto de tu cuerpo, pero no lo logras. Estás completamente inmóvil.

Eso no es lo peor, ya que aquella sombra sigue ahí. Y parece reaccionar a tus tentativas por moverte. Ahora ya sabes, sin lugar a dudas, que sea lo que sea, no es el contorno de ningún mueble. Empieza a girarse, como si se encarara hacia ti, como si algo le hubiera llamado la atención. Te das cuenta de que sabe que estás despierto, que su presa ha intentado escapar. Quizás por eso es que empieza a moverse hacia ti, despacio, como si no tuviera ninguna prisa. No la tiene, claro, porque no logras librarte de su influjo y moverte, a pesar de que su extraña figura está cada vez más cerca de ti.

Se sube encima de la cama y empieza a avanzar sobre ti, aplastándote con su peso. Sigues sin distinguir sus rasgos, pero no te cabe duda de que no se trata de nada de este mundo. Te preguntas cuales son sus intenciones. Matarte no parece ser de su interés o lo hubiera hecho mientras dormías. ¿Entonces? Acerca una de sus manos a tu cara y distingues unos dedos imposiblemente largos, los cuales empiezan a cerrarse sobre tu cráneo. A pesar del miedo, tan intenso que dudas que tu cuerpo pueda soportarlo mucho más, logras plantear una hipótesis que responde a tu anterior pregunta. Si no quiere matarte, debe necesitar algo de ti. No tienes, de momento, ningún indicio que apunte a ello, pero algo dentro de ti te alerta, te advierte sin que tengas ninguna duda de que es cierto, que esa cosa se ha estado alimentando de ti. No, no de tu carne, sino de tu mente, de tus sueños. ¿Cuánto tiempo lleva visitándote por las noches? ¿Cuándo se marchará? Te duermes de nuevo, aunque no lo desees.


Suena el despertador y saltas, casi literalmente, de la cama. Te has despertado muy alterado y tardas unos segundos en darte cuenta de porqué. “Joder, menuda pesadilla”, piensas. Hacía años que no tenías una o, al menos, no una tan vívida.

Con solo recordarlo, tu corazón se acelera, pero por suerte estás ya bastante despejado como para saber que no te conviene perder el tiempo pensando en ello. Así pues, inicias tu rutina: te pones los calcetines, buscas las zapatillas de estar por casa, coges tus gafas, te abrigas un poco y, con el móvil ya en mano, sales de la habitación.

Te diriges a la cocina mientras lo enciendes y empiezan a llegarte varios mensajes. Ignoras la mayoría, son del trabajo o de tus conocidos, pero ninguno urgente. En cambio, sí abres el que te ha enviado Carlos. Para él siempre tienes un momento.

“Entonces, ¿cómo quedamos para esta noche?”, pregunta. Te sientes confuso. ¿De qué habla Carlos? Está en Zaragoza desde hace meses y ya te dijo que no podría venir hasta enero, lamentablemente. ¿Se habrá confundido? Quizás, piensas. Te dispones a responderle, cuando te fijas en la fecha que refleja la pantalla. Treinta y uno de diciembre.

Vaya ¿ya es Nochevieja? Durante un segundo, te alegras, pero de pronto te imaginas a Carlos pudiendo estar con vosotros en Nochevieja y eso te hace recordar el sueño que tuviste anoche. ¿Había algo allí en la oscuridad o te lo imaginaste? ¿Fue también aquello parte del sueño? Intentas recordar qué hiciste después, pero te duele la cabeza, te cuesta pensar.

Miras el mensaje de Carlos. Quieres preguntarle, saber qué es lo que está sucediendo, pero te das cuenta de que no puedes distinguir las letras, no puedes leerlas. De hecho ¿Pudiste antes o solo te lo imaginaste? Tampoco te ves capaz de escribir una respuesta. La realidad parece romperse a tu alrededor, de nuevo. Quién sabe cuántas veces van ya.

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