Quien me iba decir que lo siguiente que publicaría aquí sería, de entre todas las opciones, un poema. No solo eso, sino el primero que me mira con ojitos de cordero degollado con suficiente intensidad como para que le deje salir de esas libretas llenas de garabatos, tachones y listas de la compra, en los que habitualmente los dejo confinados.
Porque, la verdad vaya por delante, no entiendo nada de poesía. Como con la música o la pintura, sé lo que me gusta1 y lo que no, pero no tengo más criterio que el que me ha labrado como consumidor esporádico de dichas artes. Por tanto, no tengo conocimiento formal alguno de si lo que he logrado es un ripio o si tiene al menos algún mínimo valor. ¿A quién quiero engañar? Está claro que es lo primero.
Lo más seguro es que habríamos ganado todos, tanto yo como las dos personas que terminarán leyendo esto (en el espacio de los próximos diez años, aproximadamente), si hubiera publicado el poema ripio sin más, pero había dos buenas razones para pergeñar esta introducción. La primera, como ya he dicho, que nunca he publicado nada así y podía resultar desconcertante. Quizás más para mí que para la persona que potencialmente pudiera leerlo. La segunda, de algún modo tenía que mencionar a Carlos Ors, quien de forma pasiva (esto es, sin tener intención de ello) me ha animado a escribir de nuevo. ¿Cómo? Dejándose encontrar en las redes y escribiendo (mucho) sobre (muchas) cosas y muy (pero que muy) bien. Y que yo sepa no ha escrito, o en todo caso no ha publicado, poema alguno2. No sé ni si el tema le interesa en absoluto. Pero el caso es que me dio ganas de escribir y la mente humana obra en formas misteriosas. La mía, semejante a la humana, parece también tender a producir resultados inesperados. He aquí el de hoy:
Hoy me levanté
Hoy me levanté
y me acordé de ti.
Recordé aquel primer día,
día en que te conocí.
Estaba herido y me curaste.
No, no, olvida eso.
Estaba perdido y me encontraste.
¡No, no, horrible!
Estaba muriendo y esperanza me diste.
Hubiera quemado imperios enteros,
por un beso tuyo.
En realidad, debo confesar que,
de hecho, sí queme alguno.
No fue suficiente, no me veías.
Ciega y sorda a mis plegarias,
Inmune a mis rezos,
a mis sacrificios,
propios y ajenos.
Estaba muriendo.
De pena, rabia, ira, furia.
Dolor.
Estaba muriendo,
no es poesía,
es realidad.
Al final me morí.
Un perro menos,
esa es la verdad.
Me volviste a mirar,
pero no entendías,
no me veías.
Creíste que me iba a marchar,
sin lograr comprender
Que estaba muerto en vida.
¿No lo estamos todos?
Entonces no lo sabía.
Sabía que no me entendías.
Resucité.
¿Quién lo iba a decir?
¿Quién lo iba a cantar?
Fui feliz.
Lo fuimos, ¿verdad?
Lo somos, ¿tal vez?
¿A veces?
No importa, no puedo evitar quererte,
Como quieren al agua los peces.
Aún hoy despierto a tu lado,
Sin abrazarte,
Sin sentirte cerca.
A mi lado y al tiempo en un lejano desierto.
Los años pasan y cada vez estamos más heridos.
Mi loba, mi reina loba.
Los años pasan y cada vez estamos más perdidos.
Pero aunque terminase el mundo,
elegiría de nuevo perderme a tu lado, mi loba.
Los años pasan y estamos cada vez más heridos.
Porque hay heridas que no pueden curar,
porque la vida nos sigue lanzando más y más.
Tan simple como es,
A veces se me olvida.
Que no puedo quererte como quieres,
Porque estoy herido de muerte.
¿Cómo olvido entonces,
que de lo mismo tú padeces?
Que tú eres la más especial,
pero que en eso eres igual.
Que estás herida de fatalidad,
que no puedes quererme como quiero,
Porque estás herida de muerte.
Pasará del tiempo la canción,
pero la herida no sanará.
Pese a todo seguiremos adelante,
no tememos otra opción.
Siete mil realidades distintas.
En todas ellas herido.
En todas ellas, herida.
En todas ellas moriremos.
Y el mundo seguirá ardiendo.
El puto mundo que nos quema.
En todas ellas elijo estar a tu lado.
A pesar de que a veces nos mordamos,
de que la noche parezca eterna.
Porque no hay nadie que no te muerda,
aunque sea sin querer.
Pero en el fondo tú lo entiendes,
tú me lo hiciste entender.
Que todos estamos rotos,
Que nos pasamos los días recogiendo los pedazos.
Porque el mundo sigue ardiendo.
Y si vamos a arder de todos modos,
prefiero verlo arder entre tus brazos.

- En materia de poesía y para lanzar una referencia que no sea de las típicas que ya conoces, recomiendo, diré a que mi me encantó Todas las canciones que nos contamos a solas, de Nerea Ferrez y Borja Collantes. Son, muy probablemente, los responsables primigenios de que me haya dado ahora por escribir poemas. ↩︎
- Veo totalmente factible que tenga una web dedicada en exclusiva a sus poemas y que yo no lo sepa, porque esta persona genera más escritos de lo que debiera ser humanamente posible y todo eso sin dar ni una puntada sin hilo. Además es graciosísimo. ↩︎
- Ojalá hubiera tenido tiempo de dibujar algo yo mismo —últimamente también me ha dado por ahí—, pero esta entrada ha sido fruto de un ramalazo que no podía esperar o hubiera caído presa de la cautela. La imagen ha sido tomada de la gallería online de la National Gallery of Art de Washington. ↩︎
