He aquí un relato. Podéis leerlo online o bien descargarlo en el formato que prefiráis. Espero que os guste.
Despierto. La habitación, aunque pequeña, me parece enorme. No en un buen sentido, entiéndeme, sino que me parece… desierta, estéril. Quizás no es que me parezca enorme, tal vez es mejor decir que me parece vacía y hostil. Sí, hostil es la palabra.
Hostilidad que surge del vacío que tú has dejado en la cama. Paso la mano, perezosa, por donde deberías estar. Pero no estás. Tu ausencia deja en mí una sensación de tristeza y rabia que no puedo definir de mejor modo que comparándola con el dolor que me provoca cuando veo las noticias y me entero de que ha habido otro incendio. Otro bosque que se le arrebata al mundo. Son ausencias injustas, vacíos que no tienen sentido ni propósito.
El despertador suena por tercera vez, pero yo sigo tumbado en la cama.
—Mierda —me quejo, dándome cuenta de que me he dormido de nuevo. Mi mente ha de hacer esfuerzos para calcular cuántos minutos de retraso llevo ya y cómo afectará eso a mis rutinas antes de salir de casa. Aún pasan dos o tres minutos más antes de que logre levantarme. Mis extremidades parecen pesar varias toneladas cada una.
Fuera de la habitación me recibe la cocina, de la cual ahora solo me interesa la cafetera que ya tiene el café hecho desde hace horas. Por supuesto, está frío. Me parece bien, teniendo en cuenta el calor que está haciendo este julio. Le hecho dos pastillas de sacarina y me viene a la mente aquello que me dijo Toni el otro día, que es tan mala que en la mayoría de países de Europa está prohibida. ¿Será cierto?
Tanto da, si no me mata una cosa lo hará otra. Engullo el café de un trago y me dirijo al baño. Cuando orino no puedo evitar pensar en que el color del líquido no parece muy sano. Debería beber más agua, de eso estoy seguro.
Sin darle más tiempo a la preocupación para que anide en mi cabeza, me meto en la ducha y me lavo a toda prisa. Dicen que este debería ser un momento de relax, pero la verdad es que no recuerdo la última vez que me duché con calma. Aún estoy mojado cuando me lavo los dientes. Mientras lo hago, miro mi reflejo en el espejo, esforzándome por no coger el móvil para buscar si lo de la sacarina es cierto. Al verme, recuerdo que hace días que quiero afeitarme al despertar y luego no lo hago. Hoy tampoco lo haré.
Una vez me he vestido, salgo corriendo de casa, muy consciente de que ya voy con retraso. En el ascensor me doy cuenta de que he olvidado la botella de agua.
—Joder —digo, pensando en como luego tendré que comprarme una botella para no estarme todo el día sin beber. Y lo peor es que ya sé que probablemente no lo haga. Por olvido, por pereza, por desidia.
Salgo del metro y estoy ya sudando a mares. El día se me va a hacer largo de cojones. Resulta irónico, por cierto, tener que venir al trabajo en metro. Teniendo en cuenta a qué me dedico, quiero decir. Por resumirlo, ¿sabes esas famosas compañías de taxis de mentira, que operan una flota de coches mediante una aplicación, haciéndoles la competencia desleal a los taxis que sí tienen licencia? Pues no trabajo para una de esas compañías, sino para un empresario que subcontrata a una serie de trabajadores a su cargo para manejar una de esas flotas y ponerla al servicio, ahora sí, de la compañía que opera la aplicación. En resumen: soy el último mono, soy un tití en una selva de monos en la que mandan los gorilas y a todos ellos les gobierna King Kong, quien a su vez le debe dinero a Godzilla.
Es un trabajo de mierda como solo los puede generar el siglo XXI. Vamos, estoy bastante seguro de que mis antepasados no llegaban al trabajo, sacaban del bolsillo el aparato con el que perdían un porcentaje demasiado elevado de su tiempo libre, fichaban desde él y esperaban a que la pantalla les indicara qué coche tenían que coger ese día. Para empezar, no hay mucha diferencia entre cada vehículo. Todos son del mismo modelo y del mismo color, pero me enerva. Me enerva ese sistema opaco con el cual nunca sabemos qué coches conduciremos ni porqué uno y no otro. ¿Cómo se decide? ¿En base a qué? ¿Nos toca un coche más nuevo si conducimos mejor? ¿Si los clientes nos puntúan más veces con cinco estrellas? ¿En base a dónde esperen que se necesitarán más coches ese día y las zonas que conocemos mejor? ¿Lo deciden al azar?
Odio lo innecesariamente extraño que es el proceso. Y odio que nos tengan pegados al móvil los minutos antes de iniciar la movida. Porque si tardamos un instante de más en localizar y subir a nuestro coche, implicará que la app nos obligue a terminar más tarde. Y como nadie quiere eso, estamos mirando el teléfono y no hablando entre nosotros. Dios nos libre de poder, no sé, socializar un poco.
Me da rabia no poder llegar a conocer a toda esta gente que me rodea y que veo día sí día también. Me da coraje hablar más la gente que he de llevar de un lado a otro que con quien trabajo. Más que con mi familia o… contigo. Me da asco que pese a todo, me parezca mal que el capullo que he llevar hoy hasta la Plaza España no se digne a decirme ni hola. No le he pedido conversación, pero tengo que llevarle y para él soy poco más que un dron. Un dron que huele mal, seguro, porque hoy me ha tocado un coche en el que el aire acondicionado no funciona como debería y hace un calor que no parece de este mundo.
Me da miedo estar siendo absorbido por una vida que no he elegido. Me entristece pensar en la vida que no me dejan vivir. Me indigna no poder ni pensar en eso, porque me paso el día conduciendo y una distracción puede tener consecuencias terribles, como siempre me has dicho.
—¿Queda mucho? —pregunta el capullo. Al final se ha dignado a hablar.
—No —respondo secamente. A los dos segundos paro el coche y hago un gesto con la mano, indicándole que ya puede salir.
No tiene ni que pagarme, porque para eso está la app, para evitar que el trabajador tenga cualquier tipo de agencia sobre lo que hace y lo que obtiene a cambio.
Por supuesto que me acabo distrayendo. No puedo estar casi nueve horas seguidas conduciendo y no empezar a hacerlo de modo automático más pronto que tarde. Sobre todo si hago lo mismo todos los días. Esta rutina es mi particular roca de Sísifo.
Por ejemplo, me cuesta no perderme en mis propios pensamientos acerca de la gente que sube al coche. Nunca he sabido escribir, ni pintar ni nada del estilo, pero a menudo me gustaría plasmar de algún modo a toda esta gente que conozco fugazmente en mi día a día. Bien pensado, aunque supiera tampoco tendría tiempo. De hecho, tengo tan poco que ni siquiera creo que pudiera tomar notas al respecto, pero de verdad que dan para hacer un documental o un libro de relatos cortos. Algo así.
Sin ir más lejos, hoy las primeras en subir son dos hermanas gemelas (Creo que lo son), vestidas de forma idéntica y que se ponen a leer un libro que comparten y que sostienen cada una con un mano. Y al cambiar de página ni siquiera se preguntan la una a la otra, ¡Cómo si estuvieran leyendo exactamente a la misma velocidad! ¿Te lo puedes creer?
Luego tengo que llevar a un tipo, creo que tiene mi misma edad. Se pasa el viaje con el móvil, jugando a saber a qué juego. Vale, eso no es lo raro. ¡Quién pudiera, la verdad! El tema es que cada cinco minutos o así, parece que se acaba una partida y entonces abre una nevera portátil que lleva consigo, saca de dentro una botella y le da un largo trago. Y te juro que por cómo huele eso, agua no es. No entiendo como puede mantener la concentración al jugar, de igual forma que no entiendo como es capaz de bajarse luego del coche e irse sin hacer eses.
Cuando hemos llegado al destino, por cierto, me ha ignorado. Ha seguido jugando al menos un minuto de incómodo silencio. Ha terminado la partida que tenía entre manos, ha dado otro trago y entonces, solo entonces, ha abierto la puerta para marcharse. No he podido evitar preguntarle.
—Oye, ¿cómo logras concentrarte en el juego con tanto beber?
—Oh. El alcohol me da superpoderes —ha respondido, sonriente. A saber qué quería decir con eso.
Podría pasarme horas hablando sobre toda la gente que tengo que llevar de un lado para otro. Quizás pienses que la mayoría no son interesantes y que se me olvidan al momento, pero la verdad es que creo que todas estas personas tienen algo que las hace distintas. Importantes a su manera. Claro que nunca llego a conocerlas suficientes como para entender cuál es su historia.
Los últimos clientes de hoy son un veinteañero que viaja con su abuela. Él parece un pijo del montón o uno de estos chavales que quieren aparentar más de lo que son, no sé. El caso es que viste ropa de marca y de marca es el teléfono que tiene entre sus manos. Y me da igual como le quieran llamar solo porque tenga un logo llamativo en la carcasa, no deja de ser un puto teléfono móvil. Su abuela, en cambio, me ha caído mejor. La señora a penas puede caminar y lo hace apoyada en un bastón y cogiéndose de su nieto, quien no parece muy conforme con la situación. La señora viste de riguroso negro y tiene una mirada severa. Y nada de eso encaja con su pelo, un moño encrespado de brillante azul eléctrico.
La cuestión es que iniciamos el trayecto, el nieto va todo el rato mirando el móvil y su abuela empieza a reñirle. Bueno, a reñirle no, ¡lo pone a parir!
—Tengo que tirarte esa mierda por el balcón.
—Abuela…
—¡Vives esclavizado por ese trasto!
—¿Ni siquiera hoy me vas a dejar estar, yaya?
—Esclavizado te digo.
—¿Sabes lo que significa esa palabra? —le pregunta él, socarrón.
—Claro que lo sé. ¿Crees que no sé ni siquiera lo que quiere decir? ¿Que hay gente en el mundo que ha de trabajar obligada, sin recibir un duro a cambio?
—Eh…
—Antes había muchos esclavos. Ahora menos, pero los hay. Habían muchos porque eran gente que no tenía más remedio que serlo. Eran esclavos porque el mundo es así de horroroso, aunque a veces se nos olvida. En mi época era distinto, porque nos pagaban. ¡Pero eramos esclavos igualmente! Esclavos porque no podíamos elegir no trabajar. Había que comer y alimentar a nuestras familias, así que daba igual lo mal que lo pasáramos, teníamos que ir a trabajar igualmente.
—Abuela, yo no tengo que alimentar a nadie. Trabajo y me compro lo que me da la gana. ¿Y qué tiene que ver eso con mi…?
—¡Paparruchas! Una cosa es ser esclavo por necesidad, eso al menos tiene algo de dignidad. Tú has elegido tu esclavitud. Trabajas para pagarte cosas que no necesitas y como crees haber elegido lo que haces y porqué lo haces, ¿Ya no eres esclavo? ¡Ja! Te tienen cogido por los cojones.
—¡Abuela! ¿Qué pensaría el abuelo?
—Me daría la razón.
No se callan en todo el rato. Bueno, no se calla ella. Él a partir de cierto momento la deja hablando sola, mientras se vuelve a centrar en su móvil. Al llegar al destino la señora quiere pagarme, sin querer entender que su nieto ya ha pagado mediante la aplicación.
—¿Y a usted esa máquina cuanto dinero le pagará? —me pregunta.
Y antes de que pueda responder, su nieto se la ha llevado del lugar, mientras ella asegura que lo que me pagan seguro que es una miseria y que no hay derecho que me paguen tan poco teniendo que aguantar a gentuza como ellos, que no han parado de dar la murga en todo el viaje. He acabado con dolor de cabeza, pero me ha caído bien la señora. Creo que tenía razón en muchas cosas.
Llego a casa. Me dejo caer en el sofá. Ese viejo sofá a través de la tela del cual se le notan desde hace tiempo los muelles. Derrotado, suspiro. Saco el móvil para ver si hay alguna novedad, si alguien me ha hablado. Si tengo un mensaje tuyo.
No hay nada. Lo cual es una obviedad, ya que lo he comprobado en el metro. Y caminando hacia aquí. Y en el ascensor. Por tanto, abro mis redes sociales y deambulo por ellas hasta que algo capta mi atención. Entonces paso diez minutos seguidos viendo imágenes aleatorias y vídeos que duran un suspiro, los cuales habré olvidado antes de terminar esta frase.
Apago la pantalla. Probablemente logro hacerlo porque me he acordado de las palabras de aquella anciana, de la punki nonagenaria. Mi móvil no es tan caro como el de su nieto. De hecho, el mío es de segunda mano y funciona como si fuera de cuarta. Pero igualmente me siento esclavo de él.
He llegado a casa reventado y necesitaba un respiro. Me gustaría hacer muchas cosas, lo pienso cada día, todos esos proyectos y tareas pendientes. Sin embargo, también cada día llego y no me quedan ganas ni de sentarme en la mesa para cenar.
Vuelvo a mirar el teléfono y no tengo nada claro si la señora tenía razón, si realmente elegimos esta extraña esclavitud o si nos han forzado a ello. Tampoco tengo claro que esa mujer tenga potestad para juzgar mis elecciones. De repente, entiendo que no me cae bien. Pero yo tampoco me caigo bien. Me levanto y, olvidándome de cenar, voy en busca de la única persona que ahora mismo tengo claro que me gusta.
Abro con cuidado la puerta de nuestra habitación, nuestra ridícula, diminuta y horrorosa habitación. Te intuyo acostada en la cama, entre la penumbra. Oigo tu respiración pesada, ese leve ronquido que haces cuando duermes profundamente. Aún sin verte, ando hasta mi lado de la cama y me dejo caer, despacio para que la estructura no haga ruido.
No quiero despertarte, sé que estarás agotada tras todo un día de trabajo. Para ti hace horas que ha terminado el día. Ya habrás cenado y te has acostado. Pero yo acabo de llegar y no sé qué hacer. Hoy no quiero estar solo, ni me veo capaz de dormir. Y ni siquiera tengo claro de dónde viene esta melancolía.
Viene de lejos, supongo. No estoy así siempre, pero cada vez me siento así más días. Me afectan las nimiedades, las cosas más pequeñas me dejan bien jodido.
Mis ojos se van acostumbrando y logro ver tu silueta recortada en la oscuridad gracias a la poca luz que entra por la ventana. Duermes de lado, de cara hacia donde estoy yo. La forma de tu pelo cayendo revuelto por todas partes es el primer detalle que logro captar. Sigo con la mirada uno de tus mechones, el cual parece haber decidido parar a descansar encima de tus hombros. Pero por mucho que se adapte mi mirada a la falta de luz, sigo sin distinguir bien los detalles y no sé hasta que punto estoy mirando la continuación de tu pelo o los tirantes de tu pijama.
Esta incógnita me da ganas de alargar la mano y tocarte para averiguarlo. Me descubro divagando sobre la suavidad de tu piel bajo esa ropa, sobre lo fácil que sería apartar un poco el dichoso tirante y besarte en los hombros, despertarte. Pero no lo hago. No puedo ignorar lo cansada que sé que estás. Al fin y al cabo, siempre que puedes me esperas despierta y me recibes con una mirada cansada y tu sonrisa. Esa eterna sonrisa que siempre logras contagiarme y que tan bien me vendría ahora.
No obstante, aunque no te despierto, sigo recorriendo tu silueta con la mirada. Es raro saber que con tan poca luz, más que verte te estoy imaginando. No, imaginando no, recordando. Al fin y al cabo, llevo años memorizándote.
No puedo evitar mover mi mano hacia tu brazo, aunque sin tocarte. La hago levitar siguiendo tu contorno hasta llegar a la elevación que suponen tus caderas y una vez más me siento tentado de molestarte. Pero no lo hago. No lo hago a pesar de no poder dejar de pensar en la colina que formas ante mi y que me pide que al menos la roce, que la escale, que me acoja a ella. No lo hago a pesar de estar ya casi experimentado la sensación que me produce siempre el agarrarte tal y como quisiera hacerlo ahora, esa extraño sentimiento de pertenencia, de poder, de refugio, de debilidad. De estar asido a alguien que me sacará de este lugar y me llevará a donde todo lo que me preocupa, me apena y me aterra, dejará de tener importancia.
Sin poder soportar más la tensión que yo mismo me he creado, me levanto y salgo de la habitación.
Dicen que Nueva York es la ciudad que nunca duerme. No he ido nunca, pero no creo ese apelativo diga realmente nada de ella. ¿No es algo común en todas las ciudades? La mía, al menos, tampoco duerme. No del todo, en cualquier caso.
Salgo al balcón a airearme. Me siento en la silla de plástico con la lata de cerveza entre mis manos. Su helor es lo único agradable en cuanto a temperatura ahora mismo. Aunque no sopla ni una brisa de viento, me quedo allí igualmente, con la mirada hacia el cielo, a pesar de que no puedo ver apenas ninguna estrella con tanta contaminación lumínica. Escucho las voces de los transeúntes y, sin necesidad de verlos, me imagino con claridad las escenas que representan.
Oigo al grupo de veinteañeros que han salido de su bar de referencia y están decidiendo qué hacer, pues algunos de ellos quieren madrugar para ir a clase mañana, otra trabaja y el resto están intentando amotinarles para continuar la fiesta en otro local, apelando a que si no lo hacen serán unos cobardes dignos del olvido y el ostracismo. Envidio su juventud, su capacidad para preocuparse por cosas que me quedan tan lejos y su inconsciencia respecto a las que de tan cerca vivo. También me da un poco de envidia que sepan qué significa la palabra ostracismo, aunque no mucha.
Poco después se oye un coche de policía. No sé a dónde va, quizás me entere mañana si es algo importante. Seguramente no lo sea. Eso sí, estoy seguro de sea donde sea, una vez lleguen alguien dejará de hacer algo porque tendrá miedo. Esa es la función de la policía, ¿no? Meter a la gente en vereda, idealmente sin hacer gran cosa para ello, excepto ser una amenaza. Una amenaza que aceptamos como parte inevitable de esta sociedad tan evolucionada que nos hemos montado. Bueno, quizás estos no den tanto miedo. Puede que sean amables, puede que… no sé, alguno habrá, ¿verdad? Si yo fuera policía sería de los buenos. Si me dejaran. Sea como sea, envidio el poder que tienen sobre el resto, aunque no tanto el mundo en el que habitan, que se me antoja tan distinto al del resto de los mortales.
Pasados unos minutos escucho unas motos circulando a tal velocidad que mi indignación solo llega tras un breve pensamiento de preocupación, por lo que pasaría si chocaran contra algo. Sin asomarme sé que son unos adolescentes conduciendo los trastos motorizados que sus padres les han comprado, seguramente a pesar de haber cateado la mitad o más de sus asignaturas. La carrera no es solo una competición de velocidad, sino también una de ruido, a ver quien logra armarla más gorda. Me dan una pereza terrible y me encantaría que los policías de antes les vieran y les dijeran algo, pero me da que incluso si lo hicieran no les quitarían las motos de las narices.
Quizás representen una parte inevitable de la ciudad: el ruido absurdo en plena noche, la actividad a deshoras y sin propósito de la que nunca te puedes librar en un lugar como este, hagas lo que hagas. No van a lograr nada con ello, excepto quizás matarse, pero lo seguirán haciendo mientras puedan. Y aunque se pararan a pensar en que pueden molestar, cosa que dudo que lleguen a hacer, seguramente se reirían y lo harían con más gusto si cabe.
Envidio su capacidad para que les dé todo igual, para adoptar este extraño nihilismo que ostentan sin saberlo. Bueno, eso último asumiendo que nihilismo signifique lo que yo creo. De lo que sí estoy seguro es de que no envidio a sus padres. Por suerte, no creo que me vaya a tocar jamás verme en su situación.
Pasado un rato de silencio, este se ve interrumpido por gritos. Alguien dice algo, pero arrastrando tanto las palabras que no se le entiende. Otros responden con agresividad. Insultos, amenazas. Me levanto y me asomo por la baranda para ver qué sucede y no me sorprende ver cómo dos imbéciles le dan patadas a un tercero que está en el suelo, encogido hecho una bola para intentar protegerse de los golpes. Me planteo bajar a ayudarle, pero los dos agresores detienen su ataque, insultan un poco más al pobre diablo que sigue en tierra y se marchan, no sin antes lanzarle una última amenaza y un escupitajo.
—¡Y que sea la última vez que vienes a por más kete sin traer dinero!
Por primera vez en lo que va de noche, no envidio a ninguno de los involucrados. La víctima se levanta al minuto y se aleja haciendo eses. No parece herido de gravedad, aunque es difícil de decir. No sé que es eso del kete, pero me resulta evidente que es algún tipo de droga. Y aunque ya se encuentra demasiado lejos como para apreciar lo que sucede, creo que la cada vez más distante figura de aquel tipo se está dedicando a interceptar a cada persona que encuentra para pedir dinero.
No, no le envidio. Pero eso no me tranquiliza, no me hace sentir menos desgraciado. Solo un poco más consciente de lo horrible que es el mundo que habito. Por si me atrevía a intentar olvidarlo, aunque fuera durante un rato. Me hace preguntarme porqué sigo luchando día a tras día por vivir. No, por sobrevivir. No es la primera vez que me lo pregunto.
No es la primera vez que me lo pregunto y siempre llego a la misma respuesta, al mismo motivo para seguir resistiendo. Pero esta vez no te conformas con aparecerte en mis pensamientos. No me percato de tu presencia hasta que me tocas el hombro con tu mano, haciéndome dar un salto de la impresión.
—Joder que susto —me quejo, aunque sonrío al instante. Verte siempre tiene ese efecto en mi.
—Estabas muy concentrado. ¿En qué pensabas? —me preguntas. Tu cara refleja cansancio, pero también una alegría inusual a estas horas de la noche.
—En… ¿Ocurre algo? Es muy tarde. Además, pareces…
—¿Distinta? O se me nota mucho o eres buenísimo en esto.
—¿En qué? —pregunto, desconcertado.
Me miras. No respondes. La sonrisa se acaba de apoderar de ti. Estás radiante.
—Estás… ¿estás embarazada?
No me respondes. No verbalmente. Pero me abrazas con tal fuerza que parece que no me vayas a soltar nunca. Con la misma fuerza que te abrazo yo, hasta que me doy cuenta de que podría hacerle daño y aflojo mi presa. Por supuesto, mi temor no es racional, pero sé cómo terminará esto y el raciocinio ya ha perdido todo derecho a ser escuchado.
—¿Cómo…? —Las palabras no me salen. Mi cerebro, cansado y emocionado, no parece estas sabiendo reaccionar a la altura de las circunstancias.
—¿Cómo ha sucedido? ¿De verdad quieres que te lo explique? —Bromeas, como siempre que hago alguna pregunta tonta. Por favor, no cambies nunca.
—No. Cómo lo haremos. ¿Cómo sobreviviremos? A ser papá y mamá, digo.
—Entonces, ¿te parece bien? —preguntas. Y por primera vez desde que has llegado, veo el miedo en tu mirada.
Odio que tengas que preguntarlo. Me ofende aunque sé que no lo preguntas porque creas que no voy a quererle, porque creas que para mí será un problema. Odio que nuestra situación sea la que es, que el mundo nos tenga contra las cuerdas y que todo ello te haya hecho dudar de mi reacción. Odio que aceptar este regalo suponga ser irracionales e irresponsables.
—Claro —respondo con total sinceridad—. Me encanta.

