El año de la mazmorra (La historia de Mihren, Parte 1ª)

Año nuevo, proyectos nuevos (porque 2025 fue mi año de tener mil y un proyectos y verme obligado a dejar en barbecho la mayoría, pero que eso no nos detenga, ¿verdad?), y que mejor forma de empezar 2026 que venirme arriba con la cosa más pequeña posible.

365 Aventuras es una colección de juego-calendarios. Esto es, juegos a los que se juega durante un breve momento cada día a lo largo de un año, en el que nuestro personaje va progresando con mayor o menor facilidad, según cómo de bien nos salgan las cosas.

En mi caso elegí la versión «Mazmorras», del cual podéis imaginar cuál es el objetivo y tono general. No pretendo hacer una reseña (haría falta primero llegar al final y no llevo más que dos semanas), ni narrar mi experiencia como tal, pero ¿qué tal si convertimos la partida en una narración improvisada a lo largo del año, según cómo de bien o mal se nos dé el asunto? Sí, eso sí puedo hacerlo.

Por tanto, si queréis, os invito a acompañarme en una aventura que no tengo ni idea de a dónde me llevará, ni si terminará bien u horriblemente mal. Iremos lanzando dados y con lo poco que me dé el juego, iremos descubriendo e hilando la historia de nuestra protagonista. ¡A ver hasta dónde nos lleva!


Prólogo

La aventura de Mihren empieza justo cuando se atreve a poner el pie en la mazmorra. Claro está, su historia empezó mucho antes. ¿Cómo si no se explica que una joven como ella, expulsada de su poblado, decida adentrarse en la oscuridad de la que salen los monstruos, para defender a quienes la repudian? A quienes la temen. A quienes no la entienden, tal y como no entienden el poder que corre por sus venas.
«Quizás sea por eso mismo», piensa Mihren, mientras prepara su arco e intenta ser sigilosa. «Quizás esta fuerza que habita en mí, esta… brujería, necesita un objetivo. Quizás necesita ser liberada antes de que sea demasiado tarde y estalle contra quien no debe.»

Si la conocierais sabríais que eso que ha pensado es una auténtica tontería. Mihren nunca ha dañado a nadie. Ni a su familia, ni a sus amistades o a nadie del poblado, por mal que le cayeran. De hecho, y pese a que su prodigiosa puntería pareciera indicar lo contrario, incluso derribar a un animal, por pequeño que fuera, le ha causado siempre malestar.

Mihren recuerda cuando dio caza a su primera liebre y como, tras recoger el cuerpo inerte del animal, se quedó mirándolo largo rato. También recuerda que cuando su padre la encontró así, una felicitación murió en sus labios y dio paso a la extrañeza. Y cuando ni él ni la madre de Mihren entendieron a que se refería con aquello de que le daba pena el animal —así como se la darían todos los siguientes—, empezaron a pensar que había algo mal en su hija.

Por eso, resulta bastante absurdo pensar que Mihren tenga un instinto asesino que debe liberar de algún modo. Pero no podemos culparla. Al fin y al cabo, ni siquiera ella misma entiende su poder. ¿Le ayudará a entenderlo aquello que se dispone a hacer? ¿O quizás más bien necesitará conocer, por fin, cómo funciona su poder para así lograr sobrevivir?

Capítulo 1

Cuando Mihren penetra por fin en la oscuridad de la caverna, su peculiar mente tarda menos de un segundo en hacerse cargo de la habitación. Ve, sin necesidad de usar los ojos, de la misma forma en siempre ha visto a las perdices escondidas entre los matorrales sin necesidad de que estas se muevan. Ve, si es que realmente a esto que hace se le puede llamar ver, a las monstruosas criaturas que montan guardia en la entrada.

Se asemejan a aquellas que han estado atacando su pueblo y que han matado a varios de sus conocidos, de forma sanguinaria, cruel. Terrible. Se trata de trasnos, criaturas humanoides de color verdoso y facciones horripilantes. Se trata de una especie difícil de comprender para la mayoría de humanos, pues las variaciones entre unos individuos y otros dificultan el saber cuáles pertenecen a la misma especie y cuáles no. En este caso, Mihren encuentra un par de individuos de una altura semejante a la de un niño, pero de aspecto fiero y musculado, así como armados suficientemente como para resultar amenazantes, así como otro par de tamaño todavía más reducido, pero de cuyas espaldas brotan un par de alas con las que se sostienen en el aire. Tras todos ellos, su líder la observa, deleitándose ante la visión de lo que debe suponer que será un aperitivo fácil. Se trata de un monstruo de mayor tamaño que cualquier hombre que Mihren recuerde haber conocido, cuyo rostro queda deformado por dos colmillos semejantes a los de un jabalí, además de por el hecho que solo tiene un único y enorme ojo en el centro de su cara.

Sin saber lo que les espera, avanzan confiados hacia la aventurera, pensando que, como todos los seres humanos que han conocido, no podrá verles en la oscuridad. Pero como os decía, esta ya hace rato que ve, sin ver, todo lo que necesita, sin necesidad de luz. Dispara una primera flecha, que se clava con fuerza inusitada en el ojo del ciclópeo líder, el cual cae, abatido.

Y es por esto que su gente la ha temido siempre. Sus flechas raramente fallan, sin que nadie sepa porque. Y no lo saben porque Mihren nunca ha sabido explicarlo, pues a su alrededor no ha habido jamás nadie como ella. No sabe cómo hace lo que hace, aunque sea usar sus poderes de forma instintiva. De igual modo que su mente puede percibir con precisión su entorno y los seres vivos que por él se mueven, también puede influir en aquello que le rodea, hasta cierto punto. Así, lograr que la flecha se dirija certera hacia su objetivo, es sencillo, tal y como también lo es darle un impulso adicional para que penetre en el cráneo del monstruo y pulverice su cerebro.

Y aunque parte de su poder también le permite intuir las intenciones de quienes le rodean, el hecho de no estar acostumbrada a la mentalidad de los trasnos juega en su contra. Al fin y al cabo, Mihren estaba convencida de que una vez cayera el líder del grupo, el resto huirían, pero no es esto lo que sucede. Los trasnos se lanzan contra ella, cuatro contra una.
—En fin. No podía ser tan fácil.

Capítulo 2

«Treinta y ocho», cuenta para sí misma Mihren, tras lanzar una nueva flecha que ensarta las alas de ambas criaturas voladoras, ¡a la vez! Lo que para otros sería una hazaña, para ella ha sido relativamente fácil con su habilidad especial. Sin embargo, todavía quedan enemigos en la estancia y ella sabe que una vez se le terminen las flechas estará en problemas.

Habiendo neutralizado las mayores amenazas, echa a correr para salir de la estancia y adentrarse en la caverna.

La consciencia de cada uno de los seres que la pueblan evidencia que allí le esperan innumerables monstruos, por lo que cada proyectil es vital. No puede permitirse fallar, pero tampoco podría enfrentarse a cada una de esas bestias. En todo caso, no es lo que desearía aunque pudiese.


Recuerda la primera vez que salió de caza con su padre. Este la llevó porque su abuela había insistido, pero a él no le hacía ninguna gracia. Sin ningún hijo varón, necesitaba ayuda ocasionalmente con sus tareas, pero no era algo que el patriarca de la familia fuera a admitir sin más.

Mihren recuerda aquel día como si fuese ayer porque fue la primera vez que mató. Obedeciendo lo que su padre le ordenó, disparó su primer tiro de flecha y con él tomó la vida que su progenitor se mostró incapaz de cobrarse. El conejo cayó al suelo, convulsionando. Luego, para disgusto de su ya disgustado padre, Mihren empezó a llorar, sobrecogida por lo que acababa de hacer. La felicidad que debería haberle producido su logro, quedó por completo sepultada por la tristeza y la angustia de saberse una asesina.


Mihren llega al final del corredor, escuchando los pasos de los trasnos que la persiguen. Sabe que, quiera ella o no, deberá matar a muchos más antes de lograr su objetivo. Tanto da. Al fin y al cabo, empezaron ellos matando a quien más quería.

Capítulo 3

Mihren permanece quieta en mitad del pasillo de roca, intentando percibir cuántas mentes titilan en las cercanías. Le resulta frustrante no llegar a una conclusión precisa, sino que únicamente puede deducir lo que ya intuía por puro sentido común: que en aquel lugar hay más enemigos de los que puede contar.

Atribuye sus dificultades para percibir con claridad los pensamientos enemigos al hecho de que sus mentes son demasiado inhumanas como para ser interpretadas de forma eficiente por la suya propia. Por eso le alegra encontrar entre ellas una que sí pertenece a su misma especie, aunque sea la de alguien tanto o más hostil que los monstruos.

«Defender la puerta. No debe llegar. Lord Janar así lo ordena.» Eso es lo que piensa el hombre y así es como la cazadora sabe qué debe buscar.

«Una puerta. ¿Lord Janar? Debe ser el líder de este impío ejército. Tal vez se oculta tras la puerta, el culpable de tu muerte. Lord Janar…» Mihren saborea el pensamiento. La idea de estar cerca de su presa, de la única que alguna ha querido matar de verdad.

Avanza por los corredores, evitando encontrarse con más enemigos, hasta que llega a una sala donde la espera un agujero tallado bastamente en el suelo. Se asoma a él y ve como el suelo la espera tres metros más abajo. Allí suenan varias voces de trasno, de otras criaturas y, por encima de todas ellas, las de un hombre. Aquel que obedece a Lord Janar. ¿Su lugarteniente, quizás?

En cualquier caso, Mihren sabe que si se acerca lo suficiente a él podrá emplear más eficientemente su poder y así encontrar la puerta. Pero ahí abajo hay demasiados enemigos y bajar sin un plan…
«No». Aunque razonable, la idea le repele. De nuevo le viene a la mente su padre y sus palabras resuenan en su cabeza.


—Quieta. Si te acercas, huirá. Y otros animales podrían oírte. Animales peligrosos. Necesitas un plan —le dijo su padre. Otra de sus patéticas lecciones.
—¿Por qué? Mis tiros nunca fallan —respondió ella, sin preocuparse por decirlo en voz baja.
El alce la oyó y, alertado, empezó a correr, saltando por encima de un tronco caído y perdiéndose de vista.
—¡Mierda, te lo advertí!
—Calla —respondió ella, harta de que la tratasen como a una cualquiera, cuando era Mihren y ninguna otra la que estaba alimentando a toda la familia. Posicionó su arco, dirigiéndolo hacia algún lugar indeterminado del cielo, cerró los ojos y dejó ir la cuerda. La flecha ascendió y cayó, lejos de la vista de ambos. Pero ella sabía que había atravesado el cuello del animal, derribándolo.
—No es natural… Bruja —murmuró su padre. Ya había visto a su hija en acción suficientes veces como para saber que no había fallado.
—¿Decías? —preguntó ella, aunque sabía perfectamente lo que él había dicho, de igual modo que sabía lo que pensaba a todas horas sobre ella. Cómo la odiaba. Cómo quería perderla de vista. Que desapareciera de su vista, aunque fuera por sufrir una desgracia. Ella. Su hija.
—Todos necesitamos un plan. Si no aprendes a pensar y solo confías en tu maldita… puntería, lo acabarás lamentando.


—Una mierda —replica ella, hablándole al recuerdo. Sin pensarlo, se lanza al agujero y antes de que toque de nuevo el suelo, ya ha lanzado su primer proyectil.

Se encuentra en una gran sala circular, de la cual parten varias salidas, pero sobresaliendo aquella que hay justo en la parte opuesta al lugar que ahora ocupa Mihren. Se trata de un aro de un metal oscuro, más grande que la casa de su familia, y que parece hacer las veces de entrada a un nuevo túnel, oscuro y sin iluminación alguna. ¿Será esa la puerta que busca? Solo hay un modo de saberlo.

Debe llegar a donde está el hombre, quien, ataviado con una ropa de pieles que le da un aspecto feroz, la espera en mitad de la estancia. Alza su hacha y grita algo en una lengua desconocida para ella, pero que resulta evidente que es una orden. Obedeciendo, sus lacayos se lanzan hacia ella.

De nuevo, un par de trasnos abren la comitiva, pero no son ni de lejos lo que más le preocupa. Aquel extraño hombre no comanda soldados normales, sino que el resto son animales, feroces y de mirada inteligente, pero igualmente bestial. Un ave rapaz y un lobo, grande como un oso, se dirigen hacia ella a gran velocidad, seguidos de cerca por una horrorosa criatura que se asemeja a la impía unión de un hombre y un perro. Si no estuviera tan nerviosa, Mihren recordaría las historias de su abuela y sabría que se trata de un licaón, uno de los terribles hombres bestia.

Por suerte, los nervios que pueda sentir no le impiden acertar sus disparos y así es como hace caer al lobo, cuya bestial mole cae derribada justo ante ella, y al ave rapaz, que no tiene oportunidad ante la hábil cazadora. «36».

Sin embargo, cuando se dispone a soltar la siguiente flecha y hacer caer a la amenazante figura del licaón, siente como algo le tira de la pierna, haciéndola caer y empezando a arrastrarla hacia sus enemigos.

No tiene tiempo ni para ser consciente del dolor por los golpes que está sufriendo, pues únicamente tiene tiempo de sacar el pequeño puñal que lleva al cinto, la única arma que lleva además se su arco, e intentar herir a aquello que está tirando de su pierna.

Sin embargo, debido al movimiento, no logra alcanzar a lo que quiera que sea esa cosa, la cual ni siquiera logra ver, ni percibir con su poder. Sabe, no obstante, que debe estar ya casi frente a sus enemigos, así que, desesperada, lanza el puñal a ciegas, sin saber hacia qué lo está lanzando. Por fortuna, al hacerlo, siente cómo se libera su pierna y se detiene el movimiento de arrastre.

Vapuleada, se pone en pie, solo para ver cómo el licaón está ya justo ante ella. Desarmada, no puede sino dar un paso atrás y alzar sus manos para bloquear la espada que ahora se dirige hacia ella. Lo que sucede a continuación le sorprende a ella tanto como a sus enemigos. El puñal vuelve a sus manos, como por arte de magia, justo a tiempo para interceptar, a duras penas, el ataque enemigo. Es precisamente por la sorpresa que esto produce en el Licaón, que Mihren tiene una oportunidad para atacarlo. Lanza una estocada al vientre del monstruo y este retrocede, herido de muerte.

Cuando este cae, Mihren tiene el tiempo justo para recomponerse, recoger su arco y flechas, y echar a correr hacia la puerta. Prácticamente ha olvidado sus intenciones originales, pero el extraño salvaje que comandaba a aquel variopinto grupo le sale al paso, flanqueado por los trasnos, que de algún modo todavía tienen suficiente presencia de ánimo como para enfrentarla.

La verdad sea dicha, aunque Mihren ha neutralizado a la mayoría de enemigos, siguen siendo más que ella y sus fuerzas empiezan a flaquear.

Sea como sea, detecta un pensamiento, una orden, en la mente del hombre. Antes, mezclado en la cacofonía de ideas que flotaban en la sala, no pudo distinguirlo, pero ahora que está centrada en él, logra entender que este no es un humano normal y que, como ella, dispone de algún tipo de habilidad poco común. Ha estado ordenando a aquellos animales que la atacaran y ahora ha hecho lo mismo con la vegetación que hay desperdigada por el suelo y en la que ni había reparado hasta ahora.

Ve las enredaderas, que se mueven como látigos intentando atraparla tal y como hicieron antes. Se trata de una iatebeo, una planta-serpiente, devoradora de carne.

Mihren salta, esquiva el ataque y se lanza sobre su rival, ignorando a los trasnos, en un salvaje frenesí en que su metabolismo parece haberla sumido para sacarla de allí con vida. Cae sobre él, posiciona sus manos en su cabeza y, por segunda vez desde que ha llegado allí, hace algo que jamás había hecho antes. Más adelante reflexionará al respecto, asumiendo que la situación límite está llevando su habilidad a expresarse de modos que hasta ahora no le habían sido necesarias, pero que siempre le fueron posibles.

Con las manos sobre la cabeza del hombre, una extraña energía se transmite desde ella hasta él y luego vuelve hacia Mihren. Como resultado, él cae al suelo, abatido, y ahora ella tiene una imagen mental del tal Janar y sabe que este la espera más allá del portal de metal.

Sigue corriendo, dejando atrás a los trasnos, a quienes se están uniendo aquellos que dejó atrás en la primera sala y que parecen haberla perseguido hasta allí. No son enemigos poderosos, pero la cazadora siente como las fuerzas le fallan y empieza a trastabillear, nublándosele la consciencia.

Sin otra opción, entra en la negrura que supone lo que hay más allá del portal. Su mente, perdiendo paulatinamente el contacto con la realidad, se revela y le responde a su padre, como si este estuviera a su lado.
—¿Lo ves? Yo no necesito hacer planes.

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